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jue

03

mar

2016

Sobre "Solos"

 

Cuando uno publica (y promociona una novela) es muy difícil conseguir que te pregunten todo lo que quieres contestar y que, encima, lo contestes bien. Ésta es una entrevista completa sobre "Solos" en la que, encima, quedo bien.

 

 

Su primera novela, “La novia de papá”, se publicó en 2010. Desde entonces, Paloma Bravo no ha parado de escribir sobre lo cotidiano, sobre lo que nos afecta a todos: el amor, la pareja, el trabajo, los hijos… Y lo ha hecho en todos los formatos: blog, cuento, novela, teatro… Su segunda novela, “La piel de Mica”, llegó a estrenarse en el offBroadway y la primera, “La novia de papá” sigue de gira por los escenarios españoles y pronto será una película. Y, ahora, apenas cinco años después Paloma publica “Solos”, una ficción realista, irónica e inteligente sobre lo que nos cuesta a todos vivir.

 

Entre el dolor y la carcajada, los cuatro protagonistas de “Solos”, intentan enfrentarse a sus miedos y a sus decepciones, recuperar la esperanza y, sobre todo, reírse un poco de sí mismos. La han comparado con Woody Allen y Yasmin Reza, pero nos lo cuenta la autora, conocida por su estilo: irónico, breve, casi cortante y, sobre todo, muy contemporáneo. 


¿Qué es “Solos”?

“Solos” intenta ser una foto de todos los que tenemos vidas que no son las que habíamos imaginado, como si lleváramos un traje a medida que no nos ajusta. Nos pica el trabajo, nos queda grande la paternidad, se nos ha encogido el novio…

 

Desde que escribí “La novia de papá” y, sobre todo, desde que mi blog en EL PAÍS se convirtió en una especie de consultorio sentimental, conocidos y desconocidos me ven como una experta en la separación civilizada y la soledad que se disfruta. Ni lo soy ni me gusta hacer bandera de nada, pero llevo cinco años escuchando y veo a mucha gente obsesionada con la soledad. Algunos con ganas, otros con miedo. Me interesaba escribir del tema sin tópicos y sin hacer una tesis, demostrar que, para muchas cosas, todos estamos Solos y que, para otras, lo importante no es tener una pareja, sino estar bien rodeado de otro tipo de afectos.

 

Llegamos entonces a los amigos, que es otra constante en tu obra. “Mi mejor CV son mis amigos”, dices en twitter.

Nos han educado a base de comedias románticas pero la realidad es que la pareja no es para siempre el amor dura lo que tiene que durar, durante ese tiempo es maravilloso y cuando se acaba no es un fracaso. Hay que atesorarlo así, en su textura y en sus momentos, evitando todo ese campo semántico tristísimo y desangelado de los que te piden que “aguantes”, que “cedas”, que te “sacrifiques”.

En cambio la amistad vive en otro lugar mucho más luminoso: mis amigos son exigentes, puñeteros, divertidos, irreverentes. A mí me hacen mejor y en “Solos” pasa algo parecido. Son una pareja y dos de sus colegas, pero lo que son, de verdad, es cuatro adultos que han elegido ser amigos, quererse bien, confiarse dolores y alegrías, iluminarse caminos, ponerse límites, hacerse crecer. Y todo eso con muchas risas. Yo firmaba por vivir en esa foto, la verdad.

 

Son amigos, sí, pero también se habla mucho del amor y de la pareja. De las grietas que empiezan a asomar, del sexo y las tentaciones… Otros temas constantes en tu obra.

 

En mi obra y en la vida. Vivimos entre dos polos: el deseo y el miedo. Me interesa entender los mecanismos endiablados de esas dos ansiedades, porque son la base del genio y de la autodestrucción, de lo mejor y lo peor del ser humano; y todo sin salir a la calle, en casa, en la más desnuda intimidad.

 

Una pareja se forma a base de química, amor, deseo y, también, miedo. Y con la pareja se instala siempre el fantasma de la separación y de la alternativa, el “cómo sería mi vida si no estuviéramos juntos: ¿sería más feliz, más libre, más yo…?”. Ese fantasma hay que domarlo para que no te controle, pero también hay que escucharlo.

 

Por respeto a uno mismo y por respeto al otro. “Lo personal”, como se dice desde hace años, “es político”. Lo que uno es y se deja ser en casa, lo que respeta y se deja respetar, es también lo que es como ciudadano.

 

Y entramos en política…

 

Es que de la política no salimos nunca. Todo es política. Si miras alrededor, verás que quedan muy pocas familias convencionales (una pareja casada para toda la vida, con hijos de los mismos padres). Quiero decir que ahora mismo la norma ya es la ausencia de normas y eso se refleja en la sociedad y en la calle. Habrá que regular nuevas formas de convivencia, derechos de visita para padrastros separados, custodias múltiples y nuevas formas de nombrar las relaciones. Habrá que sembrar tolerancia y respeto.

 

La política es la ciencia que se ocupa de todos. Y eso, también, es un hogar: un pacto de convivencia entre gente que se quiere pero que no debe necesitarse.

 

¿Escribes para mujeres?

    Escribo para lectores. Me molestan mucho las etiquetas, son una forma de controlar, simplificar y, sobre todo, restringir.

 

Como en mis dos primeras novelas había una protagonista que hablaba en primera persona y como, según los datos más tópicos, leen más los mujeres, te intentan colocar la pegatina de “chick lit”, literatura para tías, romanticona, entretenida y fácil. Yo me he resistido y, afortunadamente, se han resistido conmigo muchos lectores masculinos.

 

En el caso de “Solos”, además, he tomado la precaución de no hablar en primera persona, de escribir una novela que, de forma matemática, da el mismo peso a los cuatro personajes y son dos hombres y dos mujeres. Es una obra unisex, aunque eso suene antilujuria. A lo que me refiero es que es una novela que interesa a toda la gente que quiere, ha querido o quiere querer. A todos los que tienen miedo a la soledad y al dolor. A todos los que saben reír.

 

 

Acabas de tratar entonces la forma y el humor. Dos temas importantes en tus novelas. Hablamos primero del humor. ¿Humor o ironía?

 

Siempre ambos, claro. ¿Por qué elegir? La ironía tiene peor fama, de ser más inteligente y, también, más cruel. Pero a mí me gusta el humor como lo definía Woody Allen: “tragedia más tiempo”. Quiero decir que me gusta como una forma de buscar la distancia óptima, de relativizar y seguir hacia delante. El humor bien entendido empieza por uno mismo, queriéndote y riéndote de ti, y es también una forma maravillosa de relacionarse con otros. Yo, por ejemplo, siempre he utilizado el humor para disimular la timidez (aunque no siempre con buenos resultados) y, sobre todo, para ganarme a los niños. A los amigos de mi hija, a mis sobrinos, a los hijos de mis novios...

 

El caso es que creo que en mi forma de escribir el humor, de inspiración británica, un poco autoparódico y siempre compasivo, es imprescindible para ayudar a los personajes a ser quienes quieren ser.

 

 

¿Y en la vida?

 

En la vida, cuando te falta humor hay que ir a buscarlo. Yo, por ejemplo, cuando me pongo intensa, busco a mi amigo Koldo. Se descojona de mí (con perdón), me suelta un par de irreverencias y me deja como nueva.

 

¿Y la forma?

 

No soy una teórica, no me interesan las tesis, pero es un hecho que ya no leemos como antes. Ni podemos ni, seguramente, queremos encerrarnos a leer ininterrumpidamente durante horas. Hay más estímulos (twitter, Facebook, mails, whatsapps…) y periodos de atención más breves.

 

No soy neuróloga ni apocalíptica, no sé cómo nos está cambiando el cerebro y quiero creer que toda evolución biológica es buena, pero sí sé que ha cambiado la capacidad de concentración y, también, que se nos olvida, las referencias. Las series, las pelis, toda una cultura audiovisual más o menos compartida y que no existía en la época de Dickens pero que tampoco estaba generalizada en los años del boom.

 

Escribo con mucha precisión, con frases cortas porque prefiero la sencillez al artificio. Y escribo con muchísima atención a los diálogos porque creo que somos lo que decimos y también lo que callamos.

 

 

¿Pero es “Solos” una novela en el sentido convencional del término?

 

Es una novela porque es una obra narrativa de ficción. Pero no tiene, afortunadamente, nada de convencional y sí mucho de contemporánea.

 

Algunos dicen que es una obra de teatro.

 

Algún día lo será. Ahora mismo es una novela. Moderna, sensible, inteligente, divertida y dolorosa.

 

 

¿Con algún referente?

Sí y no. Me interesan desde siempre los autores anglosajones, pero ahora estoy muy volcada en los franceses. En gente tan distinta como Carrère y Yasmina Reza, que mezclan realidad y ficción, que no aceptan fronteras entre géneros y que se niegan, también, a hacer libros con una duración mínima o un tema único. ¿Por qué nos reducimos al leer si somos múltiples y plurales al leer?

 

¿Y eso qué tal lo entienden las editoriales?

Regular, la verdad. El sector editorial, como muchos otros, se resiste al cambio. A veces da la sensación de que algunas editoriales se resignan a vender un libro al año, el gran best seller del verano. Ahora que la gente lee y comparte historias más que nunca, no acabo de entender por qué el sector no intenta surfear esa ola, dirigirla, crear más y mejores historias. Y no: se hace un marketing que mira al pasado, negando la autopublicación, negando los ebooks, negando los formatos cortos… Yo he tenido que alargar alguna novela porque, según los cánones de no sé quién, debía tener un mínimo de doscientas páginas. Y no es verdad. Mandan las historias y mandan los lectores, pero no pueden mandar los ejecutivos preocupados por enfriar un mundo en ebullición.

 

Ebullición como la del teléfono móvil, las redes sociales y esa hiperconexión que permea esta novela. ¿De verdad crees que influye tanto el móvil en nuestras relaciones sentimentales?

 

La hiperconexión, el vivir pegados al móvil, ha cambiado nuestras relaciones amorosas, sexuales y afectivas de una manera absoluta y radical. La gente se enamora y se desenamora por whatsapp de otros a los que apenas han visto. Que alguien no te mande un mensaje o no te siga en twitter se convierte en una herida incurable cuando lo único que necesitas, muchas veces, es marcar un número, proponer una cita, tomar una cerveza. Y eso sin entrar en esta “personalidad digital” que nos hemos creado todos. Ese “yo” que somos en twitter o en los grupos de whatsapp y que suele ser más divertido y más sexy que el que vemos en el espejo.

 

Hace ya muchos años que me niego a diferenciar entre lo analógico y lo digital: vivimos y amamos con conexión a internet. Y no hay que olvidarse de la piel, que es lo esencial, pero hay que encontrarle las ventajas a la hiperconexión, porque las tiene.

 

 

 Volviendo al tema del género. En “Solos” hay mucho diálogo y los conflictos se resuelven a la cara. ¿Es una novela teatral? ¿Hay pensada ya una adaptación al teatro?

 

Novelas, cine, series, teatro… Cualquier género de ficción es una forma de abrir ventanas al mundo y desarrollar la empatía. “Solos” tiene mucho diálogo porque está llena de vida. Dicho esto, es una novela dedicada a una actriz extraordinaria y, la verdad, espero que algún día la protagonice en teatro. La novela es suya.

 

 

¿Qué crees que tiene “Solos” de tus obras precedentes? Y, lo contrario, ¿qué aporta “Solos” al conjunto de tu obra?

 

Tiene (o espero que tenga) el humor, la empatía, la vida, los amigos y la capacidad de convertir lo cotidiano y personal en universal. Y lo que aporta, creo, es madurez. “Solos” está contado por un narrador omnisciente que intenta no tomar partido y que, sobre todo, no tiene las limitaciones de esa primera persona que a veces me confunde hasta a mí en el bucle de la autobiografía y la ficción. “Solos”, insisto, es la foto de una noche en un piso de cualquier capital occidental. Una foto en la que yo no aparezco aunque sí estamos casi todos.

 

-         

sáb

30

ene

2016

Mujeres, entre retiros y fiestas

(Publicado en infoLibre el 30 de octubre de 2015)

El día que le dije a Koldo que iba a pasar tres días en un retiro de meditación y yoga me envió –por mensajero urgente– una botella de Legendario y un disco de Gatillazo. No hay gamberrada que Koldo no esté dispuesto a hacer para que yo encuentre la paz: la paz terrenal, claro, y no la espiritual.

Del retiro no puedo hablar sin traicionar(me). Pero fui. Volví.

Y pasé mucho frío, circunstancia que Koldo aprovechó para arrastrarme a cenar cocido (con vodka). Y para hacer deporte (entendiendo por hacer deporte jugar al billar y al futbolín en un pub venido a menos). Ganamos las mujeres.

***

A los tres días, hubo una presentación en la que estaba (casi) todo el sector audiovisual. Y, claro, con barra libre muchos decimos lo que pensamos y algunos, también, cosas interesantes.

Hablamos de Pablo Iglesias, sin mucha fe y con algo de pereza. Como si, después de aburrirnos tanto en el programa de Évole, ya lo echáramos de menos. Hablamos de Albert Rivera y de su olor a colonia de toda la vida. Intentamos, también, hablar de Pedro Sánchez, pero cuando alguien sacó su nombre, otro gritó el de Irene Lozano. Hubo un suspiro generalizado y luego hablamos de otras cosas.

Fue en la segunda o la tercera copa cuando un hombre me preguntó por qué.

- ¿Por qué las creadoras españolas son tan intensas? Son o sois, que tú también eres creadora…

- (…)

- No te ofendas. Te lo pregunto de otra manera, aunque en realidad es otra pregunta: ¿por qué no hay aquí buenas historias escritas por mujeres?


Y como uno de los ocho poderes que me enseñaron en el retiro es el de la introspección (“en circunstancias difíciles, haz como las tortugas: métete dentro de tu concha y no contestes. No dejes que te saquen ni una sola palabra que luego te pueda herir”), balbuceé algo ininteligible.

Lo que pasa es que la introspección es incompatible con la buena educación: Si alguien te hace una pregunta, por mucha barra libre que haya consumido, lo correcto es contestar. Puse cara de inocencia y vocalicé despacito, para alargar los tres monosílabos y fingir que era una respuesta:

- No lo sé.

Es verdad: no lo sé. Hay algo de etiqueta y de prejuicio por todos lados: por ejemplo, dicen que las mujeres leemos más ,y, como castigo nos publican novelas machistas y romanticonas, libros malos, a tutiplén.

- Pero yo te hablo del cine, de la ficción audiovisual. ¿Por qué no estáis contando vuestras historias?

¿Quién dijo eso de que los alcohólicos y los niños dicen la verdad? Este adulto con tres copas preguntaba con una puntería olímpica. Y con mucha obstinación.

Yo seguí callada, en modo tortuga.

Y fue él quien habló de la maternidad.

- No es por falta de capacidad. Lo que vosotras hacéis con los niños nosotros no lo podemos hacer.

Y ahí el caparazón de la tortuga se echó a correr y yo salté.

- Ser madre no te define. No es ser madre lo que te impide crear. Una mujer es madre y mil cosas más. O no es madre y también es mil cosas más.

La ventaja del alcohol en los demás es que tú puedes romper la concha sin consecuencias, porque al otro lado no te escuchan. De hecho, el hombre siguió hablando porque tenía más respuestas a sus propias preguntas.

- Te voy a decir por qué. Porque nosotros somos más egoístas. Vosotras siempre estáis pendientes de todo y de todos. Nosotros no. Tenemos un objetivo, o una ambición, y lo perseguimos a muerte, pase lo que pase, le pese a quien le pese. Ni el amor, ni los hijos, ni los padres. Nada ni nadie nos detiene.

Y con esas palabras se despidió.

Yo no había bebido.

La fiesta estaba casi acabada.

Como en todos los finales, había parejas diseminadas por la sala, grupos pequeños, y, en medio, grandes huecos: los vacíos que dejan todas esas historias que las mujeres aún no hemos contado.

***

Tres días más tarde, Eva me llevó a ver Liberto, en La Abadía. Una obra escrita y protagonizada por Gemma Brió (actúan con ella Tàtels Pérez y Mürfila). Durante una hora y media, estas tres mujeres nos metieron en una ficción que era pura verdad, que podría haber sido nuestra historia, que podíamos tocar. Nos hicieron reír y nos hicieron llorar. El buen teatro transforma, y Eva y yo salimos casi mudas por la emoción; notablemente distintas, mejores.

Y con una certeza: más allá de teorías, prejuicios y misoginias, el mundo se enriquece y se libera cuando las mujeres cuentan su verdad. No sé si volverá 'Liberto' a Madrid, sí sé que pocas veces he visto en un teatro tanta valentía y tanto talento.

sáb

30

ene

2016

Madrid, 8:57 a.m.

(Publicado en infoLibre el 16 de octubre de 2015)

 

Todas las mañanas, al salir de casa, paso delante de un coche aparcado en el que una madre y sus dos hijos esperan algo (o a alguien). A esa hora (y sólo a esa) viven en el coche. Los niños hacen deberes, la madre whatsappea. Algunos días les grita y otros les acaricia. Me gustaría preguntarles por qué no salen más tarde de casa, por qué no entran antes en el colegio, por qué se encierran a pasar esos minutos del día en un espacio tan claustrofóbico.

Yo nunca tendría tiempo de esperar en el coche porque vamos siempre con el tiempo justo. Y es que me parecen preciosos esos minutos en que los niños están todavía calentitos y suaves, llenos de sueños y legañas, con ganas de hablar y de que les hagan cosquillas. Esos minutos en que se sienten felices y mayores, convencidos de que su entrada en el colegio es lo más importante de tu día (y lo es). Son minutos tan mágicos que los alargo con el desayuno, con una adivinanza y un despiste, con algún olvido. Y salimos siempre tarde para dejar que el atasco nos retrase un poco más.

En el coche jugamos a pruebas de atención y pasamos lista a los padres que, uno y otro día, aparcan en segunda fila, impidiendo el paso, impidiendo el giro. Mi hija se ha hecho experta en incivismo porque vivimos cercadas por una decena de colegios. También –y es importante– vemos cosas maravillosas, pequeños regalos que nos alegran el día y más cuando llueve: como la madre que se moja para que su hijo llegue seco al colegio y que luego, ya calada, se va al trabajo sujetando un diminuto paraguas de Winnie the Pooh. O el padre que, resignado y feliz, devuelve el peluche de su hija al coche. Vemos muchos padres, muchísimos, que se quedan pegados a las vallas de sus colegios, atesorando esos últimos minutos antes de ser devorados por el estrés y la oficina, por las moquetas y los móviles.

Pasamos el atasco contentas, observando, hablando, cantando, aprendiendo. Y cuando mi hija entra clase, yo me quedo un rato bien aparcada, contestando los whatasapps más impacientes, con la radio puesta sin demasiadas ganas y ninguna convicción. “Tertuliean” sobre hombres y secretarias, sobre políticos y fiestas, sobre escritores y premios, sobre jueces y políticos, sobre vicepresidentas y bailes. Se ríen, se excitan, se callan (se callan cuando entra la publicidad).

Hoy suena un golpe alegre, levanto la cabeza y me está mirando un padre. Bajo la ventanilla:

- ¿Alguna noticia en la radio?
- No, sólo hablan.
- O sea, como en twitter.
- Bueno, a ellos les pagan.
- Ya…
- (…)
- ¿Tienes prisa?
- (…)
- ¿Hacemos una tertulia?

Y el padre me acompaña a mi cafetería sin bandera y nos bajamos el té a un rincón silencioso y apartado porque el padre parece estar soñando con una conspiración.

Se sienta despacito, sonríe.

Me dice: “No soporto que siempre estemos hablando de los errores de los demás”. Y yo estoy a punto de contestarle con un “el infierno son los otros, ya sabes”, pero igual no nota la ironía y se cree que de verdad soy una pedante, así que me callo y él se siente invitado a seguir:

- Vamos por la vida blandiendo una lupa que magnifica los errores de los demás y pocas veces ayuda a crear soluciones propias.

Mantengo el silencio, apreciando los verbos “blandir” y “magnificar” (un padre que, todavía, lee), pero él apura el té, se gira y descubre detrás mi otro secreto cotidiano. En la esquina, como siempre, hay una adolescente dormida. Es la misma de todas las mañanas, aunque normalmente mi llegada la despierta. Hoy no: sueña profundamente ovillada en una butaca inmensa. Desde que empezó el curso, esta quinceañera guapetona pasa todas las mañanas durmiendo en una cafetería. Es evidente que no va a clase, es evidente que no quiere que en su casa lo sepan. Duerme, y duerme sola, en unas pellas desoladas y absolutas.

No sé por qué me recuerda a la mujer que whatasappea con sus hijos en el coche. O sí: son dos mujeres que hacen cosas normales en los sitios menos apropiados; dos mujeres que no quieren estar en su casa.

El padre sigue:

- Los otros son la salvación. Si piensas en los otros, eres mejor.

Le miro y me examina la mirada. Bajo los ojos y hablo, por fin: le pregunto a qué curso va su hijo.

- ¿Mi hijo?
- (…)
- No tengo hijos.
- (…)
- Gracias por el té.

Me da un beso y se va.

Vigilo a la adolescente que duerme. Pienso en los demás. Grita un whatsapp: es un amigo que me descarga toda su amargura, amargura de párrafos largos, amargura sin emoticonos, amargura total. Mi amigo se siente solo porque no tiene pareja.

Le hago una pregunta que le desconcierta:

- ¿Has utilizado alguna vez a tu secretaria, le has hecho daño?
- No.

Y otra:

- ¿Has tomado alguna vez un café con una madre del colegio?
- No.

Y la tercera:

- ¿Cuándo estás en tu casa te sientes en paz?
- Sí.

“Pues ya está. Eso es la felicidad. No busques más. Compra un libro. Pídele a Miriam Lagoa que te recomiende una serie. Supera el día hasta que llegues a casa. Cierra la puerta. Desconecta el whatsapp”.

P.D.: Para este fin de semana sin calefacción, recomiendo dos libros para leer con manta y escuchar a los demás. Los dos son de J. R. Moehringer, uno es su historia y otro es la historia de Agassi (escrita con el tenista, claro). Los dos hablan de gente que se dejó ayudar.

 

 

sáb

30

ene

2016

Adictos al poder

(Publicado en infoLibre el 9 de octubre de 2015)

El 27S nos refugiamos en la república de Lavapiés, con patines, con amigos y hasta con catalanes. Volvimos a casa muy tarde, llenos de azúcar y de risas; sucios, exhaustos y sin batería. Los niños se rindieron a la cama y los mayores intentamos recuperar, poco a poco, la dignidad, el móvil y el Twitter. Ya estaba casi todo escrutado y en el TL bajaban permutaciones del mismo chiste: “la vida sigue igual”.

Lo que pasa es que, después de tantos meses de insistencia, costaba conformarse con un resultado que no resuelve nada y seguimos actualizando el TL hasta la madrugada. Compulsiva e inútilmente: ni había más datos ni quedaba un solo chiste bueno. Hasta que un tuitero pidió permiso para ponerse el pijama e intentamos cambiar de pantalla: meditamos, pero en la cabeza teníamos sólo el lío previo de este lío, y el lío posterior que ya se nos echa encima. Las elecciones de junio, las de septiembre, las de diciembre.

Y es que junio, que ya parece tan lejano, fue un ensayo general del diálogo, de los pactos, de la empatía.

“Gobernar es escuchar”, dijo Manuela.

***

Quedan sólo unas elecciones en este proceloso 2015 y, ya sola, invierto mi insomnio en esas semanas de junio en que empezó todo. Entendiendo por “todo” esto del cambio.

Durante aquellas largas e intensas semanas de junio en las que el miedo cambió de bando, como ya pronosticaron los Chikos del Maíz, los que no iban a pactar con nadie, pactaron con cualquiera; los que iban a ganar, perdieron; los que lo daban todo por hecho, se deshicieron… Y así.

Durante aquellas largas e intensas semanas de junio, me metí en vena tres temporadas de Borgen porque quería entender una larga lista de cosas:

(i) ¿Es Dinamarca un mito?
(ii) ¿Es su ficción realidad?
(iii) ¿Se puede pactar y hacer?
(iv) ¿Es factible en España una serie realista sobre política que no sea una tragedia?
(v) ¿De verdad hay gente que quiere el poder para hacer?
(vi) ¿Se puede sobrevivir al poder?
(vii) ¿Y salir indemne?
(viii) ¿Cuántos sapos se traga una buena persona con poder?
(ix) ¿Cuántos sapos (más) son necesarios para hartarse, y decir basta, y pedir que paren el mundo y bajarse (bajarse del poder)?

Y así.

Durante aquellas largas e intensas semanas de junio, todo el mundo hablaba de poder. Unos del poder como yo lo entiendo: poder para hacer, crear, construir, aportar, mejorar. Otros del poder como ellos lo cabalgan: inmovilismo, soberbia e, incluso, un poco de crueldad.

Por eso es tan ilustrativa Borgen. Porque en la primera temporada (ojo, spoilers) aterriza como presidenta una mujer con ideales y ganas de hacer cosas. Una mujer inteligente, respetada y con una vida plena. Una mujer como muchas que, en el primer capítulo, ya está haciendo concesiones… ¿Para? Pues para mantenerse en el poder.

En ésas vino mi ex y me dijo, parafraseando a Emilio Lledó, que él se presentaría por un partido decente. Y yo le contesté que yo no.

– ¿Por qué? Si tú eres una tía comprometida.
– Por dos razones. La primera, quizá suena frívola pero es importante: porque no quiero esa exposición de 24 horas al día. Todo el mundo con el microanálisis apuntando a la peor de tus frases y el más idiota de tus tuits.
– Aceptado.
– La segunda, porque no tengo nada claro lo que hay que hacer. ¿Qué sé yo, por ejemplo, de educación o de sanidad? (aparte de que deben ser públicas y de calidad)

Mi ex no entendió esa razón (él sabe de todo, claro) y yo me quedé atascada en mis dudas y me di cuenta de que lo de no saber me pasa también en la vida y tiene una solución fácil: rodearse de los mejores.

Pero la ficción es pura realidad y demuestra que no, que lo fácil y lo evidente no es el camino que eligen los protagonistas: avanza la primera temporada de Borgen y la presidenta de nombre impronunciable ha perdido esa sonrisa tan suya y tan sincera (arruga un poco la nariz y se le abren los hoyuelos; nada que ver con su sonrisa de compromiso que se desactiva en cuanto las cámaras se apagan) y ha aceptado en su gabinete unos cuantos ministros más que dudosos (y a alguno directamente despreciable).

O sea, ya no tiene a los mejores y puede hacer mucho menos, entre poco y nada.

Mal.

Segunda temporada, y la presidenta ya vive jodida cuando los medios –ay, la sobreexposición– se echan encima de su hija adolescente mientras su marido se raya con la falta de intimidad/libertad/dedicación y sus compañeros le hacen unas putadas escandalosas y…

Y tercera temporada: Birgitte Nyborg, que lo ha vuelto a tener todo (a sus hijos felices, un trabajo que le pone, un amante interesante y cariñoso…) quiere presentarse otra vez. ¿Es masoquismo? No, es adicción al poder. La presidenta favorita de todos los seriéfilos exigentes vuelve sin programa electoral, vuelve en plan suicida y vuelve por... ¿Por qué era? ¿Por poder hacer? No, creo que no. Vuelve para estar de vuelta. Vuelve para demostrar que puede volver a estar.

Durante aquellas largas e intensas semanas de junio, Borgen me confirmó una obviedad: algunos quieren (y ejercen) el poder de hacer; otros persiguen y desean sólo el poder de estar.

***

Tal cual.

En todas y cada una de las declaraciones de esta última campaña no se hablaba de “hacer” para los ciudadanos. Sino de estar, de ser, de parecer. Que no es lo mismo.

“Gobernar es escuchar”, dijo Manuela.

Otra vez.

Si nos preguntaran (y nos escucharan), contestaríamos con un tremendo no a la soberbia. Si nos preguntaran, no responderíamos “patria”; responderíamos educación, sanidad, trabajo. Si nos preguntaran, propondríamos: “por favor, construyamos un presente que se convierta en futuro”. Si nos preguntaran, avisaríamos como Antoni Gutiérrez Rubí que el miedo ya no nos asusta.

Si nos preguntaran, les recomendaríamos que eligieran a un buen equipo y se pusieran a hacer, a construir, a escuchar, a pactar, a querer, a lograr; lo que viene siendo a trabajar.

***

Si nos preguntaran, diríamos que tiene algo ilusionante que las protagonistas de las elecciones de este año, sean, como en Borgen, un puñado de mujeres normales, es decir: listas, profesionales, libres, independientes… Dejando a un lado la ideología, que aquí no toca, a mí me gusta ver a Manuela Carmena, a Cristina Cifuentes, a Ada Colau y a Inés Arrimadas haciendo lo que las mujeres saben hacer: echarle coraje.

Como siempre, los periodistas les preguntarán por la conciliación, les insinuarán que son marionetas de algún hombre, querrán maquillarlas y las sacarán en fotos sin cabeza. Pero ellas tienen muy claro quienes son.

Y, sin embargo, en las elecciones generales, esas elecciones navideñas, todas las cabezas de cartel son hombres. ¿Por qué?


P.D.: a todo esto, gracias a @mlagoa por prestarme Borgen. Es la mejor ‘coach’ de series que conozco y, también y sobre todo, una tía excepcional. Ojalá fuera presidenta. P.D.2: La definición de “poder” en el diccionario de la RAE: aquí.

vie

02

oct

2015

Cafeterías sin bandera

(Publicado en infoLibre el 26 de septiembre de 2015)



Cuando William se casó con Kate (creo que se llaman así: me refiero a esos príncipes ingleses que hacen cola para subir al trono y poder vivir entre gintonics y corgis), el diario británico The Guardian subió dos versiones de su web: una con información sobre la omnipresente ‘Royal Wedding’ y otra sin. Bastaba un clic para creer en un mundo sin boda en el que todavía eran noticia las guerras, los dolores, los libros y el fútbol.

 

Ayer, después de estos largos meses en los que todos los medios sólo hablan del estado y del Estado, de Cataluña y Catalunya, de Mas y de menos, de la columna de uno contra la opinión de otro, encontré un oasis parecido: una cafetería madrileña en la que se proclamaba en la entrada: “Esto es una república sin bandera”.

 

Además, tenían los tres pertrechos imprescindibles para un largo exilio: wifi, leche de soja y pan sin gluten. Así que entré y me quedé allí a vivir.

 

(Para curiosos y provocadores que exigen que nos mojemos todos: yo estoy por el derecho a decidir, en lo de Catalunya y en todo lo demás).

 

La cosa es que en esta cafetería republicana en la que he decidido encerrarme cada día se habla de Siria, de la ley de dependencia, de los cien días de Manuela, de que Carmen Balcells no cerró su sucesión, de que el toro de la Vega silenció en twitter a los niños muertos porque las noticias son estrellas fugaces y los humanos, así, nunca llegarán a ser galácticos.

 

“Se habla” es impersonal, pero estas conversaciones tienen sujetos activos: hablan los camareros. Hablan y (te) sonríen. Y siguen hablando.

 

Los clientes hablan pero no dicen lo mismo. Porque, como hay wifi, hay vida. Hay risas histéricas, carcajadas necesarias, lágrimas desesperadas y, de fondo, mucho silencio y una mesa llena de soledad (una mujer llora frente a su pantalla. El Mac no da la felicidad).

 

Una mesa más allá, se ríen y se interrumpen nerviosas una mujer guapísima y su entrenadora personal. Deduzco que han montado un negocio juntas y se están haciendo una página de Facebook. Una da órdenes y la otra finge protestar. Trabajan en un Mac (por alguna razón, en esta cafetería sólo se ven productos de Apple. Quizá son/somos muy pijos. Quizá Apple no tenga gluten).

 

Pero la mesa que me gusta no es ésa, sino la de la ventana. Allí, a primera hora, después de dejar a las niñas en el colegio, una (ex) pareja de padres separados ha quedado a tomar un café. Charlan de sus hijas, que están bien, que fíjate lo que me ha dicho la pequeña, pero tenemos que conseguir que la otra haga los deberes, que es una maestra del escaqueo.

 

-       Ha salido a su madre.

-       Y a su padre.

 

Y se ríen. Comparten la custodia de verdad, con ganas y con confianza. Y sonríen, y se cuentan un poco de sus vidas, y se enseñan fotos del móvil y se vuelven a sonreír. Y, luego se despiden dándose un beso en la mejilla, cada uno a sus quehaceres y a sus vidas separadas.

 

Media hora después, la mesa bendita la ha ocupado un ejecutivo maldiciente: estresado y con ganas de contagiarnos su desesperanza. Grita a su móvil pero también a todos los que estamos cerca. Que no le ha llegado el puto documento, que eso no puede pasar, que está pasando y que, te lo repito, no-puede-pasaaaarrr. Está tomando un café pero, la verdad, no debería. La cafeína altera a los alterados y en esta cafetería sin gluten tampoco tienen Lexatin.

 

El tipo ha debido notar que no se puede hacer la guerra en un sitio de paz, porque se ha llevado su café, su móvil y sus gritos a la calle. Y la mesa mágica ha quedado vacía hasta mediodía, que es cuando suceden los milagros los días laborables.

 

A mediodía nadie (menos yo, que me escondo de las certezas y las banderas ajenas) tiene una excusa sensata para perder el tiempo en una cafetería. Salvo… Salvo la gente de horario flexible y ganas. Ganas de amor y de sexo. En mi mesa favorita, la que está pegada a la ventana, se ha sentado una pareja incómoda.

 

Su incomodidad era tan evidente que yo he dado a la pausa (estaba escribiendo, y abstrayéndome, y no pensando en nada, y mandando whatsapps, y procrastinando, que se me da muy bien procrastinar) y he levantado la mirada: “¡Malditos! Están ligando.”

 

Así que me he puesto unos auriculares mudos, he fingido escribir y… Atiendo. El hombre despliega todas y cada una de sus plumas de pavo real: idiomas, carreras, cociente intelectual, número de hijos, relación con su exmujer. La mujer escucha, pasiva, con una minifalda espectacular, sin sonreír.

 

¿De dónde sale esta pareja? ¿De Tinder? ¿De meetic? ¿De una convención de empresa? Me tienen tan fascinada que empiezo a escribir de verdad y le voy radiando el encuentro a mi amigo Manu. Y en ese momento empiezan a bajar la voz.

 

-       Perdona que te interrumpa- dice él-, pero es que tengo que decirte que tienes una cara con una personalidad impresionante.

 

 

Y siguen. Los dos están separados, los dos tienen hijos, y, en esta primera cita diurna, hacen todo un tratado sobre la separación y los primeros pasos “en el mercado”. Sí, usan esa expresión horrible, de pescadería; ese tópico tan bobo como todos los tópicos, y se refieren a algo más profundo: los titubeos para despegarse del dolor y del desamor, para salir de casa y querer sin querer, para desear a otra persona y no dejar que les haga daño.

 

-       Lo que pasa ahora en mi vida es que no pasa nada. No pasa nada malo. No pasa nada bueno.

 

 

La mujer escucha y no hace falta ser experto en lenguaje corporal para ver que el hombre está inclinado (y entregado) hacia ella, y que ella no está en el mismo sitio. Ella se sienta recta, rigurosa, discreta.

 

Manu me grita por mail que no me mueva de aquí hasta que sepamos cómo acaba.

 

-       Es imposible, Manu. Esto no va a acabar. Ella no quiere empezar.

 

 

Manu se solidariza con el hombre entregado y yo espero, espero aunque se acerca la hora de la comida y he quedado. Espero escribiendo esto que no es lo que tendría que estar escribiendo.

 

Espero sin mucha esperanza.

 

Ella ha estado casada doce años y se ha separado hace siete. Y en cuanto lo dice se echa por completo hacia atrás. Ya no está recta sino directamente retirada.

 

Él ha estado casado nueve años, que son once porque se separó hace dos y no se ha divorciado. “Técnicamente son once”, insiste. Y se pone nervioso porque ella, en respuesta a la única pregunta que él no ha formulado, confiesa que se casó al mes de conocer a su marido y resulta obvio, entonces, que con su ex ella no se echaba para atrás sino tremendamente hacia delante.

 

Tienen la misma edad estos dos. Y el hombre sigue sumando para que las matemáticas le permitan entender lo que la piel no le cuenta. Calcula las fechas, los datos, las edades. Y la suma sale, como salen todas las sumas, con precisión científica: ella quiso a su ex mucho más de lo que va a querer a nadie.

 

Así que el hombre deja ya de hablar y escucha para aprender.

 

Joder, esto está siendo muy triste.

 

A un hombre, en esta cafetería, le acaban de romper el corazón. Se lo han roto –y eso es todavía más triste- sin verdadera intención, con desgana y algo de pereza. Se lo han roto por preguntar y por inclinarse hacia delante

 

Este hombre que escucha a una mujer cuyo rostro tiene una personalidad impresionante ya no cree en sí mismo. Se le encogen los hombros, cambia de tema para averiguar datos laborales, ya sin convicción, y la mujer habla, y habla, y habla. Habla bajito, despacio, sin invadir.

 

Hablan de política, de Fidel Castro y de Hugo Chávez, y Manu se aburre porque esta pareja no va a subir de la mano a una habitación luminosa del hotel de al lado para echar un polvo torpe o espectacular, las dos únicas opciones para un primer polvo.

 

Aún así, Manu me pide que espere a ver si resolvemos la única duda que nos queda: ¿es éste el padre separado del colegio? ¿Ese padre del que hemos oído hablar en el único colegio sin padres separados?

 

Yo creo que sí.

 

Manu cree que no.

 

No quiere compartir colegio con un tío tan desesperanzado.

 

 

Y, de repente, la cosa se anima y Manu y el padre se erizan: ella trabajó en Asia como modelo.

 

Manu recupera la ilusión por razones estéticas y prosaicas; yo por las espirituales: ninguno de los dos ha sacado el móvil en media hora, y el padre entregado puede ser que sólo tenga frío (el otoño llega a Madrid pero las cafeterías de espíritu germánico no quitan el aire acondicionado hasta que lo diga el calendario) y por eso se abraza y se recoge hacia delante.

 

Además, ella ya sonríe. Esta mujer se siente deseada, escuchada, querida.

 

Esta mujer se ha venido arriba.

 

Hasta que él, ay, pobre, cambia de tema y pregunta por la profesión que ella ejerce ahora. Algo ejecutivo, comercial, convencional, confiesa ella; y él se aparta del aire acondicionado, y ella no se mueve, no le acompaña, y ya no sonríe.

 

Manu me pide que me acerque, que levante al hombre, que le lleve a un rincón y le cuente lo que he observado: que ella sonríe cuando hablan de su juventud y de su etapa de modelo; que le aconseje que la mantenga allí, feliz, que no le hable de su presente. Y entonces ella tiene frío, y se bajan a la planta sin aire acondicionado, y desaparecen de mi vida.

 

Manu y yo apostamos.

 

Él vota polvo. Yo digo que no, que el resultado sigue siendo un corazón roto.

 

Sigo en la cafetería, escribo, dejo de procrastinar, y entra otro ejecutivo porque ya es la hora de comer. Tiene acento catalán y se ríe al teléfono: “Bajo yo a Madrid, claro, porque a vosotros no os van a dejar pasar la frontera”. Se ríe pero no estoy segura de que le haga gracia.

 

Tampoco pregunto.

 

Se ha acabado el oasis.

 

Recojo y bajo al cuarto de baño.

 

En la planta inferior, acaba el capítulo romántico.

 

He ganado la apuesta y he perdido la esperanza: el hombre está llorando y la mujer no acierta a consolarle, pero le ha dejado un pañuelo de papel y se despide con nostalgia.

 

Es difícil estar a la altura de un hombre que te quiere tanto sin conocerte de nada. Ella tuvo la tentación de ser sujeto pasivo de una gran historia de amor y, al final, como es lista, decidió protegerse de la invención de otro.

 

Nos vamos las dos juntas y a mí Manu me regaña.

 

-       El amor no es siempre invención. No puedes ser tan escéptica.

-       No, siempre no. Pero la invención mata el amor.

 

 

Al salir de la cafetería, un golpe de viento me devuelve a las encuestas: mayoría casi absoluta. Mayoría absoluta. Da igual: parece evidente que el desamor de Catalunya no es una invención.

 

lun

07

sep

2015

La pelota

(Publicado en infoLibre el 28 de agosto de 2015)



Son las tres y pico de la tarde. Los adultos esperamos la comida con sed, pereza y sal.

Los niños andan cerca.

O no.

Pero deberían.

Sólo hay dos donde tendría que haber cuatro porque les hemos dejado ir a jugar para que no nos devore su impaciencia.

***

La pregunta es una cerveza helada:

¿Los defectos que vosotros os veis coinciden con los que os ven los demás?
– ¿Cómo?

Estamos ganando tiempo, pero la pregunta es muy clara y cada uno contesta como puede:

– Creo que sí.
– Hay una intersección que coincide, como en los conjuntos. Pero hay defectos que no tienes con todo el mundo.
– No es verdad. Si los tienes, los tienes.
– Para nada. Hay gente que saca lo peor de ti y otros a los que pones la mejor cara.
– Eso es ser hipócrita.
– Eso es ser humano.

Seguimos así hasta que descubrimos que quien ha hecho la pregunta se relame callado y satisfecho. Sonríe muy serio (quiero decir que sonríe pero no está bromeando):

– Ni siquiera sé por qué os lo he preguntado, porque yo no me veo defectos.

Y, como traen la comida, se levanta a buscar a los niños que faltan mientras nosotros nos miramos, desconcertados, descojonados.

***

Y entonces suena el crash y la pelota casi nos rompe el verano.

***

La pelota es nuestra (la compré yo, lo cual me hace ligeramente responsable de sus efectos secundarios), pero hace ya un rato largo que se la di a dos de nuestras niñas.

(Para educar a un niño hace falta la tribu entera y para entretenerlo en verano y no morir en el intento, hacen falta varias tribus de amigos y un estado propio: “nosotros”, compartiendo siestas, risas, niños y trozos de algún libro).

***

Nuestra pelota, por allí al fondo, ha ido derribando las botellas de la mesa de los otros.

(“Los otros”, en un hotel, son todos esos desconocidos que también tienen hijos y que parecen mucho peores que nosotros pero son sólo nuestro espejo: así somos todos en bañador: anchos, sudorosos y gritones, capaces de “ronchar” como ciervos, que es la frase del verano).

Y los que estamos en la mesa, cobardes y pragmáticos, disimulamos.

Hasta que, dos minutos después aparece nuestra pelota, seguida por dos niñas cabizbajas y un padre que rezonga.

***

Una de las niñas levanta la cabeza y la otra no. La otra llora.

Protesta porque su padre la ha obligado a pedir disculpas a la mesa de los otros, la mesa que ha derribado concienzudamente nuestra pelota.

La niña no entiende las disculpas, no entiende la bronca, no entiende el mundo.

Y se va, ofendida y ultrajada.

***

El padre se sienta.

Da un trago a la cerveza.

Nos mira y su mirada nos calla.

Pregunta.

– Sé que he hecho bien, pero… sois padres inteligentes y cada vez que discuto con mi hija necesito una confirmación intelectual (no moral, de verdad, sólo intelectual). ¿He sido demasiado brusco? ¿Habríais hecho lo mismo?

Rumiamos un poco, intentando averiguar si habla en serio y… sí, también. Así que con la tranquilidad que da no haber estado detrás de dos niñas que derrumbaban una mesa ajena, le damos la confirmación que no necesita.

Se la damos con gestos porque justo entonces aparece su hija y no hay nada peor que interferir en la bronca de otra familia.

– ¡Y no pienso hablarte en tres días!

Si hubiera sido en casa, habríamos oído el portazo, pero la niña –dramáticamente impecable– desaparece en silencio, intentando no llamar la atención de la mesa derribada.

***

El padre da otro trago y se calla.

Un tercer trago y confiesa:

– Yo iba pensando en el efecto de la economía digital sobre la industria audiovisual, en esas cosas en las que pienso, y la verdad es que la pelota se les ha escapado de las manos, pero…

Ese “pero” promete y entonces llega el pecado:

– … los de la mesa me estaban mirando fijamente y eso me ha hecho regañarlas proyectando la voz, obligándolas a pedir disculpas con una autoridad que ni tengo ni ejerzo…
– (…)
– …quiero decir que, en el fondo, era una actuación para los otros, para que pensaran que era un padre que sabía hacer lo correcto.
– O sea, una hipocresía.

Y es entonces cuando los demás padres, por fin, soltamos la carcajada que le desinfla la intensidad y el despiste moral.

(Nos descojonamos bajito, no vaya a ser que nos escuchen los de la mesa derribada y vengan con las palas y las sombrillas, a dejarnos sin tortilla).

***

Los tres que sí pueden beber cerveza siguen un rato, hablando, con cierta desgana, de lo que habrían hecho nuestros padres. Dejarnos sin pelota, amenazarnos con el cinturón, atarnos a la mesa…

Yo no aporto a esa conversación porque me han castigado poco y se me nota. Y porque, como no puedo beber cerveza, tengo un verano espeso y torpe y me he quedado pensando en que el padre confeso siempre cae de pie y se ha ganado toda la tarde libre, el lujo más inalcanzable de las vacaciones con niños: su hija se ha refugiado con la madre, y él va a leer, a dormir siesta y a pensar.

– ¿No podrías expiar tus dudas quedándote con nuestros niños?, pregunto.

Como hablo bajito y digo cosas incómodas, no me hacen mucho caso.

– Así te puedo escribir una columna y titularla “Expiación”, como esa maravillosa novela de Ian McEwan que también fue una buena peli.

Nada, ni caso.

La expiación no triunfa en esta mesa laica, ni aunque sea con la belleza del lenguaje de McEwan. Así que, sin levantar la voz, intento ser más clara.

– Si le pegas una bofetada, te hago una serie.
– ¿Quéee?

Me dedican un minuto de atención y hablamos de The Slap, una serie también basada en una novela, una ficción construida alrededor de un tortazo a un niño (“La bofetada”) que desencadena un tsunami.

– Pero ese niño no era propio.
– ¿Y?

Como no quiere que le deleguemos los niños, me cambia de tema (o peor: me sigue en el desvío).

Hablamos de las bofetadas que no damos y nos reímos del padre dubitativo porque es mejor agotarlo a él que llegar al otro tema de este angustioso verano que nos acosa a todas horas: los padres que matan, el horror.

***

De las dos niñas que quedan en la mesa y no han rechazado el pollo, una quiere un helado y el iPad, la otra quiere sumas (“¡Quiero aprender”!) y un batido de chocolate. La ofendida no vuelve, porque su madre (en la habitación con un bebé) es el mejor asilo político. Pagamos la comida y el padre de la pelota –tan tranquilo después de sus dudas morales como antes de confesarlas– se encamina hacia una larga tarde libre.

Los demás tenemos ratos de verano entre peticiones infinitas de atención, de cariño, de comida, de fútbol, de caprichos, de pantallas. Los demás veraneamos esa tarde con nuestros hijos que todavía (ojo al todavía) no han dejado escapar ninguna pelota.

Mañana las dudas serán nuestras.

mié

26

ago

2015

Vacaciones de guardia

(Publicado en infoLibre el 14 de agosto de 2015)



En mi familia no hay vacaciones sin farmacia. Vayamos donde vayamos, Alaska, Albacete o la playa más abstrusa de nuestra costa, no bajamos nunca del coche/taxi/metro si al mirar alrededor –girando el cuello en un círculo casi perfecto, como los búhos– no encontramos una farmacia a tiro de piedra. Localizada la farmacia, sonreímos, damos propina, recogemos maletas, subimos escaleras, deshacemos equipajes… Lo que nos pidan.

No es broma: en mi familia, en vacaciones, pasamos todos los días por la farmacia.

Normalmente vamos por la tarde, después de hacer excursiones y castillos, de beber cervezas y regalarnos conchas, de abrirnos ampollas y darnos una ducha, de clavarnos astillas y perseguir sueños. Pero a veces también nos toca ir por la mañana, justo después del desayuno.

En mi familia, en vacaciones, cada vez que pasamos por la farmacia, cumplimos un solo encargo, el único que de verdad nos parece tan urgente que no puede esperar a volver a casa.

1. Una pulsera antimosquitos.

2. Crema especial para las picaduras de los mosquitos anteriores a la pulsera.

3. Antihistamínico para los mosquitos que han seguido picando a pesar de la pulsera.

4. Crema para después del sol (que no compramos, al final, en la farmacia porque es más barata y huele mejor la de Nivea: huele a infancia).

5. Colirio.

6. Tiritas.

7. Más tiritas (con dibujos).

8. Betadine.

Por la afición que tenemos este año (ocho visitas en seis días), cualquiera diría que las farmacias son baratas y que nos atiende gente empática. Pero no: nos atienden en un perfecto alemán que no entendemos y nos cobran en unos euros que parecen más suyos que nuestros.

Por eso, por las tardes, mientras todavía salpica el agua y queda un poco de batido, antes de que alguien diga que van a cerrar la farmacia y que hay que darse prisa, yo me escondo con el kindle y leo. Pero no confieso que leo, que eso no lo entenderían en este entorno tan extranjero, de adictos a los vídeojuegos y a los mensajes de texto: si alguien pregunta, digo que tengo antojo, y picoteo chocolate con ginebra en el rincón más discreto del chiringuito.

La ginebra es carísima, como de farmacia, y a mí ni siquiera me gusta. La tomo porque el mundo no resuelve las cosas importantes (cómo prevenir y curar el Alzhéimer; cómo acoger la desesperación que nos llega de África y se nos ahoga aquí, al lado, cada vez más cerca) y tampoco consigue descifrar las minucias. Quiero decir que en internet hay estudios muy precisos (el corrector de word se empeña en escribir preciosos, pero no, sólo pretenden ser precisos y no preciosos) y muy contradictorios: unos dicen que al destilarse, el vodka de trigo pierde el gluten y es apto para celíacos. Otros que no, que una mierda. Así que tenemos cerca una farmacia pero no vodka puro de uva y yo pido ginebra y doblo la ración de chocolate sin gluten.

Todo para leer más.

Y llegar más lejos.

En seis días he leído dos libros de Alice McDermott (At weddings and wakes, A bigamist’s daughter) y uno de Celeste Ng (Everything I never told you, el libro del año para Amazon el pasado 2014). También Vida de familia, de Akhil Sharma. Y hasta he echado un vistazo a los periódicos y encontrado un estudio que asegura que la gente que lee sufre menos (de la Reading Society, claro). Supongo que sufrimos menos porque vamos más a la farmacia.

O eso explico a mi familia para que, unas horas más tarde, mientras buscamos una nueva y carísima tomadura de pelo antimosquitos, me lo expliquen a mí: “Si lees tanto, deberías sufrir menos”.

Por las noches, después de la farmacia y de la cena, después de las risas, las fiestas, los juegos, intento digerir los libros y me parece que Alice McDermott (que no está suficientemente traducida al español) me gusta y me repele, porque lo importante es lo que no cuenta y no tengo claro si he leído bien sus silencios. Pienso, luego, en Celeste Ng, que ha escrito un best seller para gritar al mundo, a un mundo lleno de ruido, y a unos padres que muchas veces nos empeñamos en hacer de nuestros hijos un reflejo. Y, por último, sonrío con Sharma, que se ríe de sí mismo con ternura: risa y ternura dentro del drama. Pienso en a quién me gustaría recomendar estos libros y pienso en David Trías (no tiene mucho mérito: todos los días pienso en David Trías).

Pero antes he ido a la farmacia, he jugado al Uno, he alquilado bicis, he recibido mil besos y he escuchado a mi familia. “No te quedes rezagada”, me advierte la más pequeña del grupo, que acaba de cumplir los siete años y no soporta verme despistada y/o a tres metros de distancia. Y entonces (me) creo que, si una mica semejante utiliza de forma tan correcta ese participio exigente, es que los productos de farmacia sirven para algo.

Pero que me quieran los pequeños no me cura y tampoco me curan las farmacias. Todas las noches de las vacaciones, todas, siempre a las tres de la madrugada, me despiertan mis fantasmas y se unen a los suyos: los de los miles y miles de ahogados que nos gritan en silencio desde el mar.

En esta isla en la que estamos, venden caracolas en las que ya no se oye el agua: sólo se oyen los sueños africanos que los europeos apagamos con indiferencia y desapego. Con crueldad.

Así que a las tres de la madrugada, ya sin chocolate, ni ginebra, ni vodka, ni farmacias, sigo leyendo para evitar seguir durmiendo.


P.D.: el miembro menor de la expedición ha definido Mallorca como la capital de Alemania. Pero igual ha cambiado de opinión porque estuvo hablando a última hora con un niño ruso, mientras yo me quedaba rezagada. Lo que sí que me ha confirmado es que a veces viaja con gente más lista, gente que lleva el botiquín puesto.

mar

25

ago

2015

La verdad de la guerra

(Publicado en infoLibre el 7 de agosto de 2015)

Después de un año viviendo en mi kindle, me he metido en el aire acondicionado de unos grandes almacenes con la excusa de buscar un libro que, obviamente, no he encontrado. El autor es Per Olov Enquist y el libro se llama “Otra vida”.

Se lo he pedido a tres dependientes y a todos les ha parecido mal (el libro, el autor o yo; quizá las tres cosas):

Dependiente 1:

– No lo conozco. No dices que son memorias, pues vete a buscarlo a biografías, que estás en novela, guapa.

Dependiente 2:

– Yo no estoy para eso. Busca un compañero.

Dependiente 3:

– ¿Cómo es que no te acuerdas del título? A ver, dime el nombre del autor.

– Per Ol…

– ¡¿Quééé?!

– Espera, te lo deletreo.

– No me lo deletrees que no te entiendo con el ruido.

– Pues míralo, que lo he googleado y está aquí, en la pantalla de mi móvil.

– Nunca miro móviles ajenos porque puede llegar algo privado.

Y ahí, me callo y me rindo.

Tres dependientes para un libro que no tienen, pero aún así aguanto y compro otros tres, sin dignidad pero con mucho amor por los libros y por los hermanos con los que comparto el rincón de bookcrossing que hay en casa de mis padres.

Empiezo por Nuevo destino, el de Phil Klay, nada más llegar a casa en uno de estos días que solo ha hecho calor y mal humor (todo el mundo con el que he hablado andaba lleno de rabia) y yo me he aislado en la nevera de un libro lleno de piel.

“Cuando hablaba con alguien que creía tener una visión clara de Irak me entraban ganas de restregarle mierda por los ojos”.

Eso dice, sin acritud, uno de los personajes de Phil Klay. Sólo que no es un personaje, es un tipo triste y sarcástico al que casi puedes tocar: es una persona. Que sí, que ha ido a la guerra, que ha estado en Irak y que, al otro lado, a diferencia del protagonista que retrata Clint Eastwood en El francotirador no ha visto manchas sino gente.

Qué importante es distinguir a la masa de las personas.

Qué importante es entenderse.

Qué importante es la verdad.

Y la piel.

Dicen de este libro que es “divertido, mordaz, contundente y triste”. Lo dicen y es cierto, porque está escrito por un hombre sensible. Sensible antes, durante y después de Irak.

Lo leo y sonrío y lloro. Lo leo y recuerdo hace 15 años ya esa joya maravillosa que escribió Tim O’Brien sobre Vietnam: Las cosas que llevaban los hombres que lucharon.

Con mucha más poesía y tanta verdad como En tierra hostil. Porque parece que no, pero la verdad es importante. La verdad, la empatía y el amor.

Y así trata Phil Klay hasta a las mujeres que deja atrás.

"Habría sido perfecta. Era melancólica. Era delgada. Pensaba siempre en la muerte, pero no se flipaba con el tema como los chicos góticos. Y la quería porque era considerada y amable. Aún hoy, no le haré creer a nadie que fuera especialmente guapa, pero escuchaba, y hay una belleza en eso que uno no encuentra a menudo".

P.D.: Del libro de Per Olov Enquist ya hablaremos otro día.

lun

24

ago

2015

Mis clásicos contra tus clásicos

(Publicado en infoLibre el 31 de julio de 2015)



Desde que se inventó el whatsapp, siempre que me invitan a algo, la primera respuesta es un sí entusiasta. El whatsapp es como un confesionario que todo lo perdona: primero un sí, luego silencio, después una excusa. Y es un sí lleno de exclamaciones (o emoticonos fogosos de ésos que yo no pongo), pero luego hay que buscarse las excusas, que todo lo nuevo nos da pereza.

Y resulta que, a principios de julio, a la grandísima Teresa Osuna no se le ocurrió otra cosa que mandarme un whatsapp e invitarme a mí, una inculta que se dedica a la cultura, a ver el “Don Juan” de Blanca Portillo en el Festival de Almagro.

No se lo dije a Tere, pero estaba segura que me echarían de Almagro y/o de cualquier sala de teatro clásico, por bruta (por bruta amante de Shakespeare, eso sí). Pero es difícil decirle que no a Tere que es ella un puro sí, pura generosidad y pura entrega. Así que volví a pensar y me di cuenta de que a mí lo que me da pereza es lo viejo, y lié a V. para escaparnos: escaparnos a ver teatro clásico.

V. y yo somos una versión macarra y muy poco suicida de Thelma y Louise, inconscientes de la operación salida (¡vaya atasco!) e ignorantes de que en los pequeños pueblos de La Mancha le han declarado la guerra a Google Maps. Todas las noches, los manchegos sacan las sillas de enea a la fresca y designan una patrulla que descoloque, baraje y confunda las señales de prohibido. Así los navegadores entran en bucle, se bloquea google y ningún turista llega a su hotel, a su posada o a ese territorio que no es suyo.

V. y yo tuvimos, entonces, que recurrir al truco más antiguo del mundo: preguntar, con educación y una sonrisa; y conseguimos encontrar la posada, dejar nuestra bolsa de viaje y correr los otros veinte kilómetros que nos quedaban hasta Almagro.

***
 
Bendito Almagro, con su enorme plaza, y sus maravillosos escenarios teatrales, y su bar que anuncia gintonics del subcampeón de España (por favor, que alguien me cuente cómo se gana ese campeonato). Bendito Almagro que ama el teatro.

Benditos también los teatreros, los actores, directores, productores y escenógrafos que viven en tribu y lo comparten todo: su comida, su espíritu y, sobre todo, su tiempo. Bendito el Hospital de San Juan, un maravilloso espacio al aire libre donde seiscientas personas asistimos fascinadas a esta versión de Don Juan.

***

El Don Juan de Blanca Portillo se dice con los versos adaptados por Mayorga (o sea, por el dios de los dramaturgos) y se entiende como si no fuera en verso: es claro y demuestra lo que fue el personaje. O sea, un violador y un trilero, un caradura indecente.

Y, con esos versos tan claros y tan actuales, los actores lo viven, y lo bailan, y lo dicen, y lo hacen sentir, y se lo cuentan al público con la luna de verdad tras ellos.

Volaban los murciélagos y se paraban a verlo: “Estos humanos, qué buenos son cuando hacen arte”. Y se paró el tiempo: se levantó el público, lloraron los actores, y el teatro cambió un poco el mundo (y nos cambió mucho por dentro).

***

Nos contaron luego que la crítica oficial despotricó de esta adaptación: “Un escándalo”, dijeron, “una adaptación feminista; una traición a la obra”. Y no, yo creo que no, que lo que es una traición es no usar el arte para potenciar el cambio, tirar de lo clásico para no moverse y tatuarse una norma que ya no vale.

A mí me flipó el Don Juan de la Portillo (el de Mayorga, el de Miguel Hermoso, el de José Luis García Pérez, el de toda esa tribu de genios). Me flipó y me detuvo, allí, en Almagro, a la luz de esa luna gorda, sabiendo –como sabíamos V. y yo- que nunca más encontraríamos nuestro hotel porque nos habrían cambiado las señales; sabiendo, como sabíamos, que nunca más podríamos dejar de ir a Almagro, y a Mérida, y a cualquier sitio donde se haga teatro por amor al arte, y a cualquier montaje en el que estén Tere y Miguel.

Gracias a ambos.

(Y a V., siempre)

P.D.: el teatro es resistencia. ¡Resistid!

dom

23

ago

2015

Padres e hijos

(Publicado en infoLibre el 25 de julio de 2015)



Hace dos o tres vidas y media yo sólo leía tebeos y novelas. Hace dos o tres vidas, yo era como ahora. Sólo que… sólo que en mi vida se cruzó un ensayo, La tentación de la inocencia, justo al tiempo en que mi psicoanalista me hablaba de lo frágiles que éramos los fuertes y lo fuertes (y manipuladores) que eran esos débiles a los que todo el mundo arropa y compadece.

Así, a lo tonto, descubrí que era el autor de Luna amarga (novela en la que Polanski basó Lunas de hiel) y que un ensayista brillante podía ser, también, un novelista inquietante. Descubrí que no sabía nada, básicamente, y que todo lo que yo no sabía alguien lo había descubierto y me lo podía explicar.

Desde entonces todo lo que hace Pascal Bruckner me parece una genialidad. Y todo lo que dice me resulta imprescindible.

Por eso, en una tarde de espera y calor, en medio de un día con muchas ganas de ser (y parecer) débil, compré un libro suyo del que no sabía nada y que contaba su propia historia, de la que sabía menos.

Y encima en una edición de Impedimenta, de ésas que despiertan los instintos cleptómanos y posesivos; es verdad, también, que Pascal Bruckner siempre es honesto y siempre es inteligente.

Resulta que el tipo tuvo un padre despreciable. Despreciable sin excusas, sin paliativos, sin atenuantes. Y resulta que lo cuenta y uno (yo, que parezco fuerte y mi única fuerza es ser hija de un gran padre) tengo muchas cosas que aprender de su libro.

Es muy brillante este tío. De verdad. Es brillante hasta en el retrato de la crueldad. Y lo explica:

“Sólo torturamos bien a los que nos aman”.

Pero hasta de la crueldad se sale. A patadas, a lecturas, a trompicones. Como sea.

“Sólo tengo una certidumbre: mi padre me permitió pensar mejor pensando contra él. Yo soy su derrota: ése es el regalo más hermoso que me hizo”.

Hace ya dos o tres vidas que me enamoré de este autor y de su inteligencia leyendo y esta madrugada he cerrado el libro y me he sorprendido diciendo en alto: “Joder. Qué bestia. Qué brillante”. Justo hoy, justo cuando he discutido con mi padre porque él me ve niña y yo me sé sola.

P.D.: También dice Pascal Bruckner algo esencial: “Los libros me han salvado. De la desesperación, de la estupidez, de la cobardía, del tedio”. Yo escribo esto con la única esperanza de que algún lector encuentre su libro y se deje salvar.

vie

21

ago

2015

Le conviene ser amada

(Publicado en infoLibre el 10 de julio de 2015)


Es lunes. Hace calor. Grecia ha dicho no. Varoufakis ha dimitido. En la radio seria hablan de lo bueno que está en camiseta y de lo pesadillesco que sería ver a De Guindos en el mismo estilo (o sea, luciendo el cuerpo). Hablan, también, de lo importante que es decir no.

Me agobia esa radio y me agobia el dolor propio y ajeno, así que paro el coche. Aparco delante de una terraza cercana al Instituto de Empresa, donde los estudiantes privilegiados de un máster del “SÍ” consumen cafés carísimos y mantienen una tertulia mucho más inteligente.

Hablan en inglés y dicen que el miedo ya no asusta (lo mismo que afirma también Antoni Gutiérrez Rubí, aquí). Detecto un acento mexicano, otro alemán, un tercero indio y un cuarto directamente indetectable. Además, dos franceses, y un americano.

Fuman casi todos, eso sí. Que nos han vendido que los jóvenes son más listos que nosotros pero fuman.

El caso es que hablan de Tsipras y pronuncian la palabra “dignidad”.

- El que presta a quien sabe que nunca podrá devolver, ¿qué espera exactamente?- pregunta uno.

- Humillarlo, esclavizarlo, hundirlo- contesta el indio, su carga de dolor.

- O sólo demostrar poder- sentencia el que no tiene acento.

Son, casi todos, hijos de la troika, pero también han hablado de “personas” y no de súbditos, así que igual matan al padre, a los padres, como recomendaba Freud, y nos salvan. En el momento en que empiezan a hablar de Podemos y de si podía pasar en España, un perro de los de bandera de España en el collar, empieza a ladrar para acallarlos, a volumen de tertulia televisiva, y apenas me deja oírlos.

El alemán habla de Alemania:

- Los alemanes son quienes más han contribuido a la web del zapatero.

(hay algo despectivo en cómo pronuncia la palabra zapatero, pero también mucho respeto. Yo, desde luego, siento sólo respeto por este británico que, al menos, lo intenta y lleva ya casi dos millones de euros recaudados para Grecia).

Otro dice que él no lo pilla:

- No lo entiendo: que prestes dinero a un país al que desprecias, que los putees y esperes agradecimiento.

- Eh, no te pongas así -dice el alemán- que los griegos han votado y tampoco saben cuál es el siguiente paso. Si te quedas sin marcha atrás delante de un precipicio, ¿qué haces?

- No saben el qué, pero sí saben el cómo: con dignidad.

Si hablaran español igual les vendría bien escuchar aquella última entrevista de Sampedro con Évole, esa en la que decía "En mi hambre mando yo" y muchos contestaban: “manda, manda, pero mandar no te va a quitar el hambre”.

Siete chavales con sus mochilas y su inglés de negocios. Siete chavales con empatía. Vuelvo al coche y en la radio han conseguido reunir a gente que ha dicho que no a puestos de trabajo, a parejas millonarias, a carreras en el cine. Lo que no han encontrado es a alguien que haya dicho que sí a pasar el hambre.

En la radio hablan, como hablábamos mi amiga Zoe y yo hace casi veinte años, de saber decir que no. Ella leía un libro de autoayuda (el primero que vi en mi vida, aunque nunca he leído ninguno y así me va) que se llamaba Cuando digo no, me siento culpable. Yo aprendía a responsabilizarme de mis decisiones. Las dos confiábamos en que si brillábamos, el mundo nos devolvería luz.

Como los griegos. Pero Grecia está en una caverna y nosotros sólo somos espectadores que flipamos con lo bueno que está Varoufakis (una y otra vez, en bucle, por todos lados “lo bueno que está Varoufakis”), con su dignidad, con su moto y con su perfil de twitter.

Al final, los griegos están solos.

Como cualquiera de los que no hace concesiones.

Es fácil, además, convencerse de que los adocenados son mediocres, pero no es cierto: también hay gente que sólo se puede permitir el lujo de ser pragmática. Y no es poco. Yo no sé –y debo ser casi la única en mi TL de Twitter– qué deberían haber votado los griegos. Y sí sé que, por mucho que lo dijera Maquiavelo, a la Troika no le conviene ser temida y a Europa, seguro, le conviene ser amada.

Se levantan los estudiantes y yo rezo por ellos (al dios que no cree en el infierno, que es el que nos gusta en casa): "Igual hoy no, que es lunes y deben centrarse en los estudios del ‘SÍ’; pero espero que esta semana estos siete valientes hijos de la troika, encuentren en las noches de Madrid una mujer o un hombre al que decirle a todo que sí. Al menos unas horas. Al menos hasta que amanezca".

mié

05

ago

2015

"Todavía tienes pecado"

(Publicado en infoLibre el 3 de julio de 2015)



Habíamos quedado a comer para hablar de cine y de amor y, al terminar, en vez de una copa pedí una cama. No, no por el amor, sino porque mi amigo había salido de casa cargado de razón y de razones y, cuando me las echó encima, me provocó una migraña mundial.

Hay un disclaimer importante, y es que yo venía abonada por una conversación difícil la noche anterior:

–Él es amado, no amante –me dijeron–.
–¿Cómo?
–Que sí, que le gusta que le amen más que amar.
–Ah.
–Y tú, ¿qué eres?
–Yo ahora mismo no soy nada. No existo. Estoy en plena depresión.
–Pregunto en serio.
–Contesto en serio.
–Venga…
–Pues como estoy deprimida, me pido amada también. Que me quieran, que ando vacía y así me lleno.
–A los vacíos no se les quiere y sólo te puedes llenar sola.
–Eso ya lo sabía.
–Pues ponlo en práctica.
–Acabamos de entrar en un bucle.
–Venga, salimos. Vamos al cine.

El de las preguntas difíciles es un amigo que prefiere mantener el anonimato. El del restaurante es amigo y, prefiera lo que prefiera, lo mantengo en el anonimato porque, nada más entrar, me mira de arriba a abajo y me dice:

Tú todavía tienes pecado.

Y yo, que no tenía ni hambre, me quedé con la frase para poder escribir esta columna. (Recojo frases, sí, para poder alimentar al hombre que habla en voz baja y que no me deja abandonar esta sección a pesar de que se lo he suplicado).

–Que sí, que todavía tienes pecado.

Mi amigo el pecador llevaba sobre la cabeza su propia nube de problemas, un nubarrón del norte, de los que descargan y dejan olor a hierba y a felicidad.

–Y eso que las mujeres me tenéis hasta los cojones.

(Segundo paréntesis: la UNESCO debería establecer “El día sin cojones”; el día en que nadie estuviera hasta los cojones; el día en que nadie hiciera nada por cojones).

–No me mires así: estoy hasta los cojones.

–(…)

–Todo el rato andáis en crisis, preocupadas con los años y perder el culo; cuando la edad lo único que garantiza es que los tíos perdemos la polla.

Éste es el momento en que alguien se baja de la columna indignado y lo siento, pero esto no es ficción sino documental: éstas son las conversaciones que tenemos (a veces) las gentes que nos dedicamos a la cultura.

En mi descargo he de decir que sólo aporté silencios y dolor de cabeza. En el suyo, que creo que tiene razón pero tampoco he hecho un estudio y, además, bastante tenemos las mujeres con lo nuestro.

Total, que yo comía contra la migraña y él hablaba contra el cabreo. Y, como resultado, los cojones se me subieron a la cabeza y tuve que pedir una cama para dormir la siesta y no morir antes del concierto al que iba con Zoe.

Quedamos en El Juglar, escuchamos a (sic) y se hizo el silencio. Uno de esos silencios mágicos que sólo se crean con el arte, un microclima de respeto, música y buen rollo.

Un microclima típico de Lavapiés.

Luego Zoe y yo caminamos, y hablamos, y nos imaginamos un mundo sin cojones en la boca y con mucha más alma en el ambiente.

Y la imaginación nos premió con un sorbete, un koala y un bebé, pero eso ya es otra historia.

sáb

18

jul

2015

Madrid, en plano secuencia

Amanece sobre mi insomnio y me pilla en pleno acto: o sea, en el acto de ensayar por enésima vez ese discurso (justo, necesario y feminista, sí, a estas alturas) que ya he ensayado mil veces (y mil noches). Cuando acaba de amanecer, apago el insomnio.

Es sábado. Es un gran sábado.

Da tiempo al yoga, al desayuno, a la lectura.

Es sábado. Es primavera. Hace viento.

Hace tiempo, todavía, de ponerse los vaqueros y, menos mal, también las botas.

Hago la cama y arropo mi insomnio. Me guiña un ojo. Lo ignoro. Salgo. Oyendo música. Andando.

Mensaje de Mario: ya ha llegado a Madrid y que esté cerca siempre me tranquiliza.

Escribo a Rafa desde el autobús. Bajo delante de su oficina y hablamos mientras trabaja. Con Rafa siempre hay un plan (de la A a la Z, hay uno y todos los planes).

En Cibeles hay poca gente y una gran bandera: republicana.

Ando.

Eva me manda un mensaje de audio.

Me río.

Me gusta reírme a carcajadas.

Me río sola y con Eva.

Me desvío y me llama David.

Desde el Thyssen. Le llevo un café, como siempre, y vemos la exposición de Zurbarán. Dos agnósticos rodeados de pintura religiosa.

A él le gustan los cristos, a mí Santa Casilda.

Hablamos de dios y de lo que habíamos prometido no hablar.

Me llama Pedro. Ya hay más manuelistas. Noe grita de fondo. “Vente a comer”. David y yo andamos hacia el Retiro. Queda mucha feria del libro y aterrizamos en unas casetas raras, llenas de libros sin letras (ni dibujos). Libros que sólo tienen papel.

Buscamos libros para niños.

Para niños inteligentes.

Para niños exigentes.

Una niña de nueve años que busca el libro del que enamorarse este año aparta al librero y con los ojos bien despiertos nos explica y nos vende el que cree que más les va a gustar a nuestras niñas (dos niñas que podrían ser niños).

El padre de la niña dice “¡Vaya marketing!” y David paga y vuelve al tema del que no podemos hablar.

Le dejo. Cruzo el lago.

No lo cruzo: no sé cruzar lagos. Lo rodeo.

S. me está esperando en una terraza. Le brillan los ojos, porque tiene luz dentro.

Niños, pelotas, romero.

Vuelve la resaca del insomnio.

Me cuesta hablar.

Pero hablamos.

Se hace tarde.

Pedro insiste.

“Tenemos hambre”, dice.

Son seis manuelistas que me esperan en un estrado (“Centro de observación de la naturaleza”, dicen los carteles en pleno Paseo del Prado. Observación de la naturaleza madrileña o de la naturaleza de los madrileños).

Madrid está contento (y lleno).

Subimos por Huertas y Noe me coge por los hombros y no me suelta hasta que yo me suelto. Le cuento todo. No somos uno de ellos.

Llama Vivi.

Más restaurantes llenos, más manuelistas hambrientos, más madrileños contentos.

Encontramos un vietnamita.

Bueno, bonito, barato.

Por supuesto, hay un amigo de Pedro. Siempre, vayas donde vayas, hay un amigo de Pedro.

Hablamos de publicidad. Hablamos de sueldos. Hablamos de felicidad. Hablamos de educación. Hablamos de lo descansado que es tener tres maridos. Hablamos como si estuviera cambiando el mundo. Hablamos porque está cambiando el mundo.

Salen a fumar los fumadores y siguen con los sueldos: ¿cuánto debe cobrar un político?

En plena discusión les piden coca.

- ¿Tenéis coca?

- No, hoy no: hoy cambia el mundo.

Pagamos. Salimos. Subimos.

En la plaza Mayor hay turistas, carteristas, camareros y tiendas de sombreros.

Una cabra y una barriga (la de un tipo disfrazado de spiderman).

En las Vistillas hay cerveza, alegría y polos morados de marca.

Un teckel con un collar republicano. Un bar increíblemente lleno. Un bar increíblemente vacío. En Las Vistillas hay bebés, cuarentones, ancianos y ningún adolescente. Uno. Dos. Ninguno.

Los adolescentes están melancólicos y resacosos de la selectividad (les preguntaron por la catáfora: con esa pregunta, cualquiera se habría hundido en la melancolía, el sexo y la bebida).

Hablamos de futuros negocios y de la paz.

Hablamos de la luz.

Llega más gente y yo me agobio: tengo que seguir mi película.

Me voy cuando anochece para aprovechar la luz del horizonte que tiene Madrid en el palacio real.

Toca una banda y yo hablo con Josema. Mi amigo el descreído que quiere creer. Hablamos de Manuela, de Esperanza Aguirre y del amor. De que alguien tiene que creerse un amor impostado e intentar contagiarlo al otro.

Josema va de escéptico y es un romántico (maravilloso).

Llego al cine y vuelvo a Madrid.

“Hablar”.

Lavapiés.

Oristrell.

La gente se ríe de la tristeza.

La gente se ríe de todo.

La gente habla.

La película acaba en un teatro, con todos los actores sentados en un patio de butacas. La película acaba con un cine lleno de gente que aplaude a actores que hablan en una sala de teatro.

Fuera, en la plaza de los Cubos, un tipo drogado grita por teléfono. Grita y amenaza a alguien que no le cuelga.

Ando.

Me para un chico joven. “Tú eres Paloma, ¿verdad? Yo te leo”.

Hago como que no me emociono.

Me emociono.

Ando.

Tengo frío. Entro en un café. Pido una infusión y un señor me explica que el frío de hoy viene de Segovia. “Todo lo malo viene de Segovia”. Pienso en preguntar por qué, pero no me importan sus razones: sé que de Segovia a mí me viene la bondad.

Me dice: “¿Has visto qué alcaldesa tenemos? Una alcaldesa para abuelos, padres y nietos”.

Es verdad que hace frío, aunque no sea de Segovia.

Ando.

Llevo doce horas andando.

Llevo doce horas feliz.

La vida siempre te encuentra cuando sales a buscarla.



(Publicado en infoLibre el 26 de junio de 2015)

sáb

18

jul

2015

El aceite de ricino

Publicado en infoLibre el 19 de junio de 2015.



Todos los días que tuiteo (que cada vez son menos) me trago seis o siete tuits con la misma reticencia y el mismo asco con que Zipi y Zape se tragaban el aceite de ricino. Me los trago como purga, para aprender y que me duelan; para que me duelan en el estómago y no en la hoguera de los bienpensantes.

Me trago los tuits demasiado cultos y los demasiado rojos. Me trago los que creo que mis enemigos utilizarían contra mí (no creáis que me hago la importante: todos tenemos enemigos. Y, si no, mirad a vuestro alrededor).

Me trago, sobre todo, los que a mí me hacen gracia porque el sentido del humor es personal. Y, luego, si se me atragantan porque eran demasiado buenos, se los mando a mi amigo Koldo por whatsapp para que no se los lleve el viento y, sobre todo, para que él haga las dos cosas que suele hacer conmigo: descojonarse o putearme.

Lo que quiero decir es que yo me autoadministro el ricino y me voy volviendo buenecita: tuiteo sobre cultura y, vaya, ahí aguanto; tuiteo sobre poesía y pierdo seguidores; y no tuiteo sobre cosas que no me interesan (ciertos programas, ciertas cagadas ajenas) o de las que no sé suficiente (casi todo). Tampoco tuiteo, jamás, sobre nada personal. El caso es que me los trago y, al final, me acaban sentando bien.

Los tuits que te tragas no engordan.

Lo que sí engorda, queridos bomberos pirómanos del timeline ajeno, son todos esos adjetivos pesados como losas y siempre polisílabos: “¡Intolerable! ¡Inadmisible!”. Son siempre tipos de alma oronda y hueca los que encienden las piras tuiteras, hinchados de satisfacción.

Y yo, en estos tiempos de hogueras, invierto el insomnio en preguntas filosóficas: ¿se nace seguro o se va uno ensoberbeciendo a base de adjetivos y de adverbios? (fijaos cómo gana “inadmisible” cuando le añaden “extremadamente”: “extremadamente inadmisible”).

Como soy flaca y celíaca y sólo engordo con los disgustos, admiro la seguridad de los soberbios porque estoy segura de que comen gluten y de que duermen.

Por eso hoy le he dicho a un tipo al que admiro y respeto que de mayor querría ser soberbia. “Debe ser comodísimo estar seguro de todo”. Y él, que medita, y corre, y quiere, y piensa, me ha contestado algo muy sensato:

–Di que no, que eso da mal karma.

Y ahora, por favor, no tuiteéis esta columna. A mi amigo Paco le va a parecer ñoña y no quiero decepcionarle más.

P.D. Sobre los concejales de cultura, más allá de tuits, pediría que tuvieran cierta experiencia en gestión y un detallito más: que les guste, que les importe, que les mueva.

lun

29

jun

2015

La humillación

Publicado en infoLibre el 12 de junio de 2015.



Nuestra primera noche

Hace casi mil años Philip Roth me salvó la vida.

Por causa de una ingenuidad rayana en la estupidez me tocó pasar la noche en un edificio abandonado junto a una pandilla de chinches (chinches no es metáfora, es dato) y un hombre motivado. El motivado estaba empeñado en que yo le amaba visceral, loca y masoquistamente; y creo recordar que él también estaba enamorado de mí, pero esa circunstancia le resultaba irrelevante: él se limitaba a gritar por los pasillos que yo le amaba y que debía dejar de negarlo y de negarme.


Lo gritaba, insisto, por unos pasillos vacíos y sin luz.

Así que las chinches y yo le prometimos consultar el amor con la almohada, pusimos cara de buenas y nos encerramos en una habitación con pestillo. Era difícil dormir en esas condiciones, la verdad. De hecho, era casi imposible no morir de miedo.

Y ahí es donde entra Philip: las chinches me echaron de la cama apuntando, generosas, a mi mochila, y en mi mochila apareció un libro que no había empezado, de un autor al que todavía no había leído.

Me casé con un comunista.

Lo abrí y, por arte de magia (magia literaria), los gritos se amortiguaron y yo pasé la peor noche de mi vida despierta y feliz, disfrutando de un genio y de una voz, disfrutando del arte de un tipo lúcido, despiadado y necesario.

En cuanto amaneció, Philip y yo nos despedimos de las chinches, llamamos un taxi y huimos juntos del edificio abandonado. El motivado debía estar durmiendo su exaltación en algún sitio y yo no había acabado el libro y tenía mucha vida que leer.

Desde entonces, Philip y yo no nos hemos separado: he leído todos sus libros y hasta su maravillosa biografía.

Por eso también fui a ver la última película con la que han adaptado un libro suyo.


La sombra de un título

Me imagino al tipo que recibe las pelis americanas a su llegada a España y decide, por costumbre, por nada, porque sí, que hay que cambiarles el título. Llega The humbling, una peli de Al Pacinobasada en una novela de Philip Roth. O sea, llega La humillación, y el tipo (¿experto en cine, en marketing, en algo?) piensa (¿piensa?) que no. Da igual, no quiero y no puedo entender su argumentación, pero el caso es que decide que se estrene como La sombra del actor cuando la novela y la película sólo tienen un título, el original: La humillación.

Supongo que el tipo que pone el título no ha leído la novela y no ha visto la película. Supongo que no se ha dado cuenta de que no hay otro título posible, que sólo se puede llamar La humillación, porque la peli habla del teatro, de la decadencia y de esa escopeta que tiene el actor en casa porque, a malas, es una vía de salida, “la” vía de salida: la tuvo Hemingway, se suicidó con ella, y el actor tiene una escopeta igual en casa aunque sabe que no podrá usarla, que no tiene los brazos bastante largos.

Pero vuelvo al título: Philip Roth es un escritor despiadado, pero tiene la ventaja de serlo, antes y peor, consigo mismo. Por eso puede contar la decadencia. Lo mismo que hace Al Pacino en esta peli en la que todo su histrionismo es humillante, autocrítico, desesperado, porque él, también, como su personaje, se rebaja a hacer anuncios de café, de crecepelo, de cualquier cosa que le dé dinero, notoriedad, un equipo de trabajo, un resto de estrellato.


La mente masculina

La película no es perfecta, y eso que la dirige Barry Levinson, pero Pacino y Roth siempre merecen la pena y más cuando se miran al espejo con crudeza. Y es que, últimamente, los hombres, la mente masculina, ya no se cuentan como lo hacían Carver y Yates: con sinceridad. Quizá porque no sería políticamente correcto, que es lo que apunta Houllebecq en plan provocador

(lo explicaba así en El País:

“…en Occidente la palabra masculina ha desaparecido. Lo que los varones piensan, nadie más lo sabe. Una hipótesis horrible, pero verosímil, es que no han cambiado; sólo han aceptado cerrar la boca. El varón occidental ya no habla; la mujer sí. La vida mental masculina ahora es algo desconocido, y por eso es verosímil pensar que el varón estaría dispuesto, si se presentara el caso, a una vuelta inmediata al patriarcado”).


Philip Roth, en cambio, es un cristal: toda su obra es una ventana al hombre. Con casi treinta novelas y varias decenas más de relatos y libros de no ficción, Philip Roth es una sobredosis de lucidez despiadada. Puede matar, pero se muere a gusto.


Mi humillación

Mi humillación (la de hoy, que soy reincidente) es escribir esta columna y que mi amigo Mario, mente masculina y privilegiada, me diga que le gusto más cuando escribo autobiografía. Mi humillación es tener que contar que Philip Roth me salvó la vida sólo para que Mario me siga queriendo. Mi humillación es que a él sí que voy a tener que explicarle por qué estaba en ese edificio abandonado.


P.D.: dos cositas: la primera, que en el capítulo 4 de la temporada 7 de Mad Men es 1969 y Don Draper lee El lamento de Portnoy, de Philip Roth; la segunda que esta es la segunda peli del año en la que el teatro es protagonista, como en Birdman. Lo cual significa que, además de Roth, también el teatro es imprescindible.

dom

07

jun

2015

Un tipo sin móvil y sin esperanza

(Publicado en infoLibre el 6 de junio de 2015)

Mi estrés y yo hemos llegado al teatro tan tarde que nos han sentado juntos. Mi estrés es gordo e invasivo, y deja siempre el móvil en silencio pero con la pantalla a la vista. Mi estrés es un personaje deleznable y por su culpa, por primera vez en mi vida, me he salido del teatro antes de que acabara la función.

Es muy feo salirse del teatro, lo sé. Es aún peor morir de estrés. Y, además, no me ha visto nadie.

O sí: una mujer rubia y encantadora.


- ¿Eres tú quién se ha escapado?

- Sí (avergonzado).

- ¿Por qué? ¿Estás mal? ¿Te has mareado? ¿Te consigo alguna bebida con azúcar?

Mi estrés se ha asomado por detrás y ha sonreído a la mujercon su sonrisa más loca y más perversa.

La mujer, claro, ha huido corriendo. Sola, con mi estrés, he encontrado la salida, una terraza y una mesa libre. En cinco minutos, tenía también un taburete, una botella de agua con gas y, gracias a una larga llamada de trabajo, tenía, además, un móvil por fin sin batería.

Faltaba una hora para que salieran del teatro mis amigos, más cultos, más libres y mejores que la estresada que se escapa de los palcos. Faltaba, pues, una hora sin móvil. Sin twitter, sin whatsapps, sin mails, sin webs.

He respirado hondo.

Me estresa no tener móvil.

O no.

Pero me debería estresar.

Me estresa un poco.

Cada vez menos.

Ya no me estresa.

Me da paz.

Y entonces me he puesto a mirar.

He visto un tipo sin móvil que paseaba una bolsa del Lidl.

Perdón, no la paseaba: la arrastraba.

Perdón otra vez y mejor dicho: la bolsa le arrastraba a él, como si llevara dentro toda su vida. Un hombre con el pasado a cuestas, aburruñado y demasiado presente.

Se ha sentado en mi terraza y ha pedido una cerveza.

Y entonces él también se ha puesto a mirar: miraba fijamente su cigarro. Lo miraba deshacerse en el cenicero. Sin esperanza.

¿Qué espera un tipo sin móvil y sin esperanza?

O quizá es que no espera nada.

¿Qué mira? ¿Qué ve?

En la mesa de al lado, dos chicas guapetonas cotorreaban. A veces entre ellas, a ratos con sus móviles. Dos chicas y un grupo de pantallas. Un hombre, un cigarro y una cerveza.

El hombre, extranjero, era el primer hombre que no las miraba en todo el día. Ellas venga a hablar. El hombre venga a mirar.

A mirar a su cigarro.

Y no a ellas.

Una se ha levantado. La otra ha soltado una carcajada.

El hombre ha seguido solo. Con su cigarro y su desesperanza.

Con su bolsa del Lidl y su vida dentro, llena de desgarrones y de manchas.

Yo estaba tomando notas en una libreta (notas antiestrés). Yo que no soy una chica guapetona y tiendo al silencio. El hombre me ha mirado y ha visto mi soledad.

Y me ha hecho un gesto de reconocimiento: “Hola mujer sin cigarro y sin bolsa. Hola, soledad”.

El encuentro de dos soledades es una ecuación exacta: no da nada.

Le he sonreído y he vuelto a mi cuaderno. Él ha hecho una mueca triste y ha vuelto a su cerveza.

Entonces ha llegado F. y le ha gustado mi silencio. Esperábamos todavía a los dos que estaban dentro del teatro, pero necesitábamos más tiempo a solas, callados, en paz. Necesitábamos mucha más ausencia de ruido para vaciarnos de todas esas miserias que no eran nuestras y cada día otros nos pegan al pasar.

Cuando han llegado los dos que faltaban, hemos hecho la paz a pullas y carcajadas. Como siempre.

El hombre de la bolsa del Lidl me ha despedido sin envidia ni rencor: “Ya volverás, soledad”.

sáb

02

may

2015

De padres y ficciones (ojo, 'spoilers')

(Publicado en infoLibre el 24 de abril de 2015)


Era el día del padre y yo me había levantado con resaca por culpa de Koldo (resaca de no dormir, que es una resaca estéril y mucho más frustrante).

(Koldo me llevó a cenar la noche anterior, me amenazó con contarle a Manu algo que yo no quería confesar y que ni siquiera había ocurrido, y luego, a primera hora, me sacó del insomnio con un whatsapp quejumbroso: su hijo no dormía, él tampoco y quería entretenerse puteándome).

Era el día del padre, uno de esos días libres que –vistos de lejos– te juras exprimir hasta la última gota y que luego se evaporan perezosos e inanes (cómo me gusta la palabra inane).

El caso es que era el día del padre y yo tenía que seguir escribiendo una novela; decidir si mandaba el mensaje que Koldo quería que mandase, otro distinto o ninguno; enderezar una obra de teatro que en teoría se estrena en una fecha en la que no va a estar ni escrita; hacer cincuenta minutos de yoga serio en vez del apaño con el que me engaño a diario; llamar a mi amigo C. porque hace meses que no le veo y le necesito; comprobar si en la campaña electoral andaluza habían estrenado algún lugar común o seguían repitiendo los mismos tópicos insultantemente manidos…

Pero la resaca me golpeaba sin piedad y opté por algo que no estaba en mi lista de obligaciones y que nunca había hecho: ver por segunda vez el capítulo de una serie.

(Con papel, boli y una taza de té. Con toda la atención de la que soy capaz).

Era el capítulo 6 de Better Call Saul, dedicado al enorme y lacónico Mike Ehrmantraut, ese abuelo cariñoso, ese tipo duro, que se define, muerto de dolor, con un irreplicable "I'm an aspirine man".

(Ni medicinas ni hostias. El dolor es suyo y no se lo quiere ahorrar; y es maravilloso ver a Saul Goodman derramar café por él).

Este capítulo es como una película de cuarenta minutos, una historia completa e imprescindible, una obra maestra. Cuarenta minutos que van y vienen en el tiempo con unos sobrios fundidos y que, de repente, te hacen darle a la pausa y pensar en el tipo de paternidad que ejerces.

Porque Mike llora por su hijo muerto. Llora, sobre todo, porque antes de morir él lo rompió.

“I made him lesser. I made him like me”.

Era el día del padre y la noche anterior habíamos trasnochado hablando de hijos. Era el día del padre y Mike hablaba de lo que nunca nos atrevemos a hablar: de lo jodido que es ser padre.

A veces nos empeñamos en que nuestros hijos sean lo que somos: lectores, demócratas, honrados. Que no sean lo que odiamos en nosotros: envidiosos, ególatras, tímidos. Que sean nuestros sueños: bomberos, piratas, viajeros. Que escapen de nuestras pesadillas: corrupciones, desamores, desempleos.


A veces nos empeñamos en intervenir y no dejar que, simplemente, sean ellos mismos. A veces nos empeñamos en decirles que son únicos y los convertimos en marcianos egocéntricos. A veces nos empeñamos en no ponerles límites o ponérselos equivocados. A veces, y es casi peor, nos empeñamos en ser padres perfectos.

Y es que es muy complicado ser padre cuando todavía no has dejado de ser adolescente.

(Qué huevos, por cierto, tiene Vince Gilligan para parar la serie así, de repente, y contar cómo se rompió Mike. Para parar nuestras vidas y que, al darle otra vez al play, sigamos sin saber ser padres. Y encima el tío acaba con una pregunta: "You know what happenned. The question is… can you live with it?" ¿Pueden vivir nuestros hijos con nosotros como padres? Supongo que sí, si encuentran en la ficción, en los libros, en el cine, en las series, a alguien que se lo explique).

P.D. principal: era el día del padre y yo llegué tarde a felicitar al mío. Qué difícil es también ser hijo.

P.D. obvia: cuando se habla de paternidad y ser padre, se entiende ser padre y/o ser madre.

dom

19

abr

2015

Tres meses

Parece que hace siglos que nos hicimos esta foto. Y no. Sólo hace tres meses. 


Después de año y medio de trabajar con Joe O'Curneen; después de meses de buscar productor, después de mucho silencio, mucha impaciencia, mucha nada; después de acelerones y frenazos, falsas seguridades e incertidumbres demasiado ciertas; después de todo lo imposible que es montar una obra de teatro en este país castigado por un gobierno que nos llena de IVA... El 16 de enero estrenamos en el teatro Infanta Isabel "La novia de papá".


Y yo no quería hablar de las dificultades, para nada. Quería hablar de las satisfacciones. Porque esta tarde, en la función, el público se ha reído, se ha emocionado y hasta se ha visto obligado a parar la obra para aplaudir a la actriz más joven de la función. A Luchi.


Yo quería hablar, sobre todo, de lo grande que es este elenco de la foto. Que yo a Joe ya lo conocía, pero no sabía que Eva, María, Rodrigo, Armando, Nadia y Lucía iban a tener la capacidad de emocionarme todos los días. A mí y a todos los que están en las butacas. No sabía que cada función es distinta y todas son buenas. No sabía que, al ir al teatro, iba a llorar de risa y de agradecimiento y que, a pesar de ir mucho, siempre iba a salir siendo mejor.


Gracias.



dom

19

abr

2015

Al borde de la ficción

(Publicado en infoLibre el 18 de abril de 2015)


Ben Lerner es poeta. Ben Lerner es novelista. Ben Lerner es profesor. Ben Lerner es un tipo de Topeka, Kansas. Ben Lerner es un tipo que camina por el mismo borde de la ficción.

“Mezcla de neurosis e idealismo”. Así definía al álter ego de su primera novela (Saliendo de la estación de Atocha). Y es muy difícil –para cualquiera mínimamente sensible y/o sensato– no identificarse con esa confusión, precisamente con esa (y, por tanto, con ese narrador y el tipo que lo creó).

En la segunda novela, 10:04,  el protagonista ha crecido pero no ha aprendido demasiado. Afortunadamente: quiero decir que antes paseaba su estupor, su ingenuidad y su ternura por Madrid y ahora camina por Brooklyn, pero la mirada es la misma: los ojos bien abiertos, las dudas afiladas y la autocrítica bien puesta.


Ben Lerner reflexiona sobre esa forma que tienen los tíos de cogérsela en el baño como si pesara mucho, mirándose unos a otros cuando son niños, por pura curiosidad; y cortándose en cuanto llegan a la pubertad, para que no haya malentendidos. Dice que hay tíos que hasta se la cogen con las dos manos, por si se vienen abajo. Y flipa, y flipamos los lectores con él por esa intimidad y ese estupor infantil. Pero luego sale del cuarto de baño y reflexiona, también, más y mejor, sobre la paternidad, el cambio climático y la muerte.

Reflexiona, en general, sobre el tiempo. El tiempo pequeñito, el de hoy, el de ahora, el de leer esta columna. Y el tiempo con mayúsculas, el futuro grandilocuente y el pasado que nos ha hecho como somos.

Todo eso con un lenguaje preciso y luminoso. Todo eso desde la ficción y la verdad. Todo eso en doscientas páginas limpias, maravillosas y terribles.

Sólo así se puede contar la historia de Ashley, esa universitaria que engaña a su pareja y le cuenta que tiene cáncer, y finge ir a quimioterapia, y adelgaza, y pierde el pelo.

¿Por qué?

“Porque me sentía sola. Confusa. Porque la mentira me describía mejor que la verdad”.

¿Es Ashley real o se la inventa el autor? Da igual: es verosímil, porque es humana; porque Ben Lerner la sabe contar.

Siempre hay una chispa de magia cuando los poetas deciden pasearse por la novela, un pequeño milagro como si el mundo se parase para escucharles. Y es mayor, la verdad, casi inmenso, cuando esos poetas tienen más sentido del humor que intensidad.

Ése es Ben Lerner. Un tipo que te gustaría tener como amigo. Para pasear con él por Madrid o por Nueva York, y dudar con él si es primavera o sigue siendo invierno, porque hay gente que no se baja de sus botas forradas de borrego y otros ya van en manga corta.

De momento, yo lo leería.

dom

19

abr

2015

Nunca es lunes para la gente del cine

(Publicado en infoLibre el 8 de abril de 2015)

Éramos seis en la cena. Cinco tipos dedicados al cine y yo, una infiltrada. Cuando ya llevábamos horas hablando y en la mesa no quedaban ni las migas, se acercó el dueño del local y nos increpó:

– ¿Qué? ¿Ya habéis cerrado los negocios?

– (…)


– (estupor)

– (incomprensión)

Y el tipo sonrió a nuestros seis silencios.

– Yo, como vosotros, hasta en vacaciones gano dinero.

El dinero es siempre una información inquietante en una mesa de gente dedicada a la cultura, la verdad. Así que nos miramos los unos a los otros, buscando al que ganaba pasta en vacaciones hasta que F. dio con la clave:

– Creo que lo que quiere decir es que es autónomo. A su manera, con grandes beneficios, pero como yo… Que también curro todos los días de la semana. Y tiene una ventaja, que conste, que para mí nunca es lunes.

No es lunes nunca para la gente del cine. Nunca. Porque cuando no trabajan piensan, y cuando no piensan, crean. Por eso tiene todavía más mérito la película de Borja Cobeaga, justo lo que estábamos comentando cuando el dueño del restaurante nos interrumpió para poner el dinero en la mesa y la inquietud en la conversación.

Yo, lo admito, vi El negociador con miedo. Me daba miedo el tema y me daba miedo el éxito de Ocho apellidos vascosMe daba miedo que Borja se hubiera puesto intenso y/o estupendo. Pero no.

El tercer largo de Borja Cobeaga es un milagro. Un milagro de ternura e irreverencia, de naturalidad, humor y sencillez.

No era fácil hacer El negociador después de Ocho apellidos vascos, después del dinero, las masas, la fama. No era fácil, pero debe ser que a Borja le resultaba necesario.

Y hay que agradecérselo porque nos ha enseñado una obviedad: al final, detrás de todo, hay personas, que a última hora del día lo que quieren es un filete con patatas. “Los personajes son mucho mejores cuando son humanos y los puedes imaginar en pijama”, apunté yo, infiltrada todavía en mi mesa de sabios, pero no me hicieron mucho caso porque (después de darle la matrícula de honor a Cobeaga) ya habían virado la conversación al cine clásico.

– Llegas tarde. Hablamos del cine clásico y de lo poco que se estudia ahora –me puntualizaron–.

– ¿Y si no te gusta una peli de las que “hay que ver”? –dijo otro casi igual de incauto–.

– Como espectador puedes tener gustos, como cineasta tienes obligaciones –sentenció el más grande de la mesa–.

Como espectador, además de gustos, también, tienes un derecho: cuando quieras alejarte del ruido y de los haters vocacionales, cuando quieras viajar, puedes pedir refugio político en cualquier sala de cine, siempre encontrarás detrás un cineasta trabajando.

P.D.1: Hay que querer a Ramón Barea, el protagonista de El negociador.

P.D.2: Naturalidad es también lo que hay en otra película vasca: Loreak(en euskera justo porque es lo natural). Comparte con El negociador al grandísimo Josean Bengoetxea, y comparte también la sencillez y la excelencia.

dom

19

abr

2015

Érase una vez un libro que no se podía leer sin prejuicios

(Publicado en infoLibre el 3 de abril de 2015)


Érase una vez un libro que no se podía leer sin prejuicios o, mejor dicho, sin un único prejuicio: el prejuicio del pastón que se había pagado por sus derechos internacionales (hasta 500.000 dólares, dicen; que de dinero no se habla y, cuando se habla, tampoco se precisa demasiado).

Durante diez o doce días de enero, lo que dura una noticia de las largas, la gente cool hablaba de Milena. No de Milena y el fémur más bello del mundo, novela ganadora del Planeta, no. De Milena Busquets.

Tampoco hablaban de si su novela era buena, mala o regular (no la habían leído). Hablaban de dinero. Hablaban de si Milena se merecía ese dinero.


La novela de Milena se llama También esto pasará y en octubre, varios meses antes de que se publicara, había conseguido venderse en casi treinta países y con cifras de anticipo que los autores (y los agentes, y los editores) apenas imaginamos en los contratos de Ken Follet.

Qué feo hablar de dinero, insisto (así nos educaron y así nos va). Salvo que sea del que le pagan a otro y podamos dudar de que lo merezca. Si es el que pagan a otro, dudamos con mucha seguridad.

(donde digo “dudamos”, entiéndase “envidiamos”)

Durante diez o doce días de enero, no se pudo leer a Milena sin prejuicios.

Pero eso también pasó.

Pasó como pasan tantas otras noticias: porque llega algo más urgente, más morboso, más llamativo. Porque nos aburrimos de hablar de un libro que no hemos leído. Porque, poco a poco, nos damos cuenta de que lo que se paga por un libro no es culpa del autor ni mérito del libro, sino una mezcla de circunstancias (azar, talento, timing) y que olé sus ovarios y que lo disfrute.

Pasó porque el anticipo de Milena no le ha quitado nada a nadie. Repito por si acaso: no le ha quitado nada a nadie.

Pasó y a Milena la leímos los que leemos.

Su novela es una novela sobre la vida. O sea, sobre la muerte, el sexo, el amor, la amistad y el dolor. Una novela con un punto de vista y una voz femenina fuerte e insegura, salvaje a su manera. Una voz que merece la pena escuchar.

(Lo digo con toda la autoridad que me da haber publicado yo también una novela sobre el duelo y la muerte de la madre. Lo digo, pues, con ninguna autoridad más que la de querer los libros y leerlos).

Esa voz dice cosas que parecen frívolas e importan, como ésta:

"Antes de acostarme, veo que tengo una llamada perdida de Tom. No se la devuelvo, está buscando a alguien, pero no a mí".

Y dice también algo que se cita siempre que se habla de ella:

"Cuando era niña, para ayudarla a superar la muerte de su padre, a Blanca su madre le contó un cuento chino. Un cuento sobre un poderoso emperador que convocó a los sabios y les pidió una frase que sirviese para todas las situaciones posibles. Tras meses de deliberaciones, los sabios se presentaron ante el emperador con una propuesta: «También esto pasará.» Y la madre añadió: «El dolor y la pena pasarán, como pasan la euforia y la felicidad.»"

El libro de Milena dice muchas cosas y las dice bien.

Igual que el nacionalismo se cura viajando, los prejuicios se quitan leyendo.

dom

19

abr

2015

Hombres difíciles

(Publicado en infoLibre el 25 de marzo de 2015)


La otra noche –una de esas noches del invierno madrileño que tiene complejo de primavera– tuvimos una conversación complicada. Ya habíamos hablado de Podemos, de Ciudadanos, de los intelectuales cultos y respetuosos que se presentan sobre los escombros de aquellos partidos que una vez fueron relevantes… Hasta de moda masculinahabíamos hablado.

Y entonces alguien hizo una reflexión controvertida: “Obama es un hijo de puta. Para llegar donde está, tiene que ser un hijo de puta”. Quizá por influencia de House of cards, o de la biografía de Jobs, o de la historia de cómo Bezos consolidó Amazon

– Que no, hombre, que Obama es un tipo conciliador. Que no hay más que leer su autobiografía y ver cómo sigue empeñado en reformas progresistas que otros le intentan joder…


–Insisto: nadie llega hasta ahí sin dejado mil cadáveres detrás.

El camarero trajo cervezas, entró alguien más en la taberna, uno del grupo recibió un whatsapp… y, así, como pasa con todo lo importante, se esfumó la conversación sin que hubiéramos concluido nada.

Yo llegué pronto a casa y pensé en mis últimas noches y en el libro que las ilustra.

Me explico:

Por razones que no vienen al caso, he tenido que ver en dos meses todo Breaking Bad. 62 capítulos, que se dice pronto.

“Me gustaría verla, pero no puedo. Me gusta leer, ir al cine… y no tengo 60 horas de mi vida para dedicárselas a una serie de televisión”, dijo el pasado otoño David Chase, creador de Los Soprano (padre, por cierto, de una serie de 86 episodios que los demás sí que hemos visto mientras hacíamos otras cosas).

Más allá de la ironía y/o bordería de Chase, a mí lo que me interesa es un libro: Hombres fuera de serie. Es un libro glorioso en el que se explica, serie a serie, creador a creador, cómo el talento a veces viene dentro de un hijo de puta, de un egocéntrico, un déspota insoportable (quien quiera nombres, que lo lea); y a veces dentro de un gran tipo que tiene una visión y sabe construirla en equipo. Ése, sobre todo, es Vince Gilligan, el alma de Breaking Bad y de Better Call Saul.

Hombres fuera de serie


O sea: el tipo que creó a un hijoputa que podría haber sido cualquiera de nosotros, el que hizo evolucionar aWalter White de medianía a Heisenberg, es buen tío. Y, además, es honesto. Tanto como lo es al final su protagonista que no se pone excusas y lo admite, que lo hizo porque le dio la puta gana y porque le hacía sentir bien aunque sus alrededores estallaran en pedazos:

“I did it for me. I liked it. I was good at it. And I was really, I was alive”.

Y ese orgullo de Walter, esa sensación de impunidad, sí que hacen pensar en los hijos de puta de verdad, en los que tenemos más cerca. Ojalá, eso sí, ellos fueran igual de honestos, pero ésa es otra historia.

Bibliografía

  1. La autobiografía de Obama se llama Los sueños de mi padre y es un gran libro. Una historia de crecimiento y superación; emocionante y muy bien escrita. Y, ojo, se publicó en 1995, antes de que lo eligieran senador.
  2. Hombres fuera de serie es el libro que debería leer cualquiera al que le interesen las series de televisión en particular y el talento en general.
  3. La biografía de Jobs, escrita por Walter Isaacson, es una lectura obligatoria, pero no un manual de cómo ser gurú.
  4. The everything Store es el libro imprescindible para todos aquellos que trabajen para un cliente. Enseña, por encima de todas las cosas, a respetar al consumidor (o sea, al ciudadano).
  5. Aquella noche andábamos malasañeando después de la presentación de una novela gráfica que también hay que leer: Al sur de la alameda. Diario de una toma, de Lola Larra y Vicente Reinamontes.

dom

19

abr

2015

Amélie, en el centro

(Publicado en infoLibre el 19 de marzo de 2015)


Me lo dijo un día Toni Garrido“¡La periferia no nos hará libres!”. Y, desde entonces, siempre que puedo, intento escaparme de los polígonos y trabajar en el centro de la ciudad. No es fácil, que conste, pero yo soy muy empeñadita y muy puntual. Por eso la última vez, de premio, me sobraron diez minutos antes de una reunión y los invertí en un café con una gran cristalera a la calle: los invertí en ver pasar la gente. 

Pasaron fumadores, exgimnastas, votantes de Podemos y ciudadanos confundidos. Pasaron mujeres solas y bien acompañadas. Pasaron niños que todavía juegan al fútbol y adolescentes raros que no miraban su móvil. Pasaron tipos que me devolvieron la mirada y jóvenes muertos de risa. Pasaron lectores, seriéfilos y adictos al teatro. Pasaron hombres en paro, hombres en crisis, hombres tristes, hombres inciertos. 

Pasó mucha gente y casi todos estaban vivos.


Y eso me devolvió la vida a mí.

i+d+i Cinfa

Así que tuve mi reunión –con la creatividad y la eficacia reforzadas por el centro- y me volvió a sobrar tiempo, justo al lado de una de esas librerías que no vende mis libros porque son comerciales pero no tanto como las sombras y los planetas por los que uno sí que puede renunciar a sus principios de librero. Da igual. A mí me gustan esas librerías porque me gustan los libros. Así que entré y compré el mismo libro que compro todos los años: el de Amélie Nothomb, siempre en Anagrama.

Digo el mismo porque Amélie es una maniática, que escribe cuatro novelas al año y publica una, de una longitud idéntica y unas frases parecidas: breves, certeras y dolorosamente poéticas.

“La persona que amas es la única que tiene el poder de envenenarte”, dice. Dice muchas cosas cada vez que la entrevistan, dice cosas disparatadas que en ella parecen sensatas. Dice que escribe todos los días porque lleva dentro una Scherezade que no la deja en paz, dice que la mayor parte de los derechos de autor se los gasta en champán, dice que escribe a mano (en un lugar las cartas; en otro las novelas), dice que el mundo es raro y sólo el humor nos salva, dice y sigue diciendo.

Yo digo que Amélie tiene grafomanía, porque es una palabra que me gusta y porque es la única que encuentro: “Manía de escribir o componer libros, artículos, etc.”. Manía y talento, tanta manía que, claro, algunos de sus libros son excepcionales (podría quedarme a vivir en la brevedad del lenguaje de Estupor y temblores) y otros menos, pero siempre hay que leerlos. 

Así que no le reprocho a la librera que no tenga mis libros y espero paciente a que me cobre (algo que no parece apetecerle, quizá porque ha perdido la costumbre). Por fin me cobra y compro –me repito– la misma novela de todos los años y me la llevo muy seria a cortarme el pelo (en el centro, libre, hay más peluquerías). Los peluqueros no te hablan si lees y yo leo. Leo La nostalgia feliz. La leo, la entiendo y me entiendo.

Entiendo, como Amélie, que a veces da pereza y angustia ser feliz. Que a veces es preferible haberlo sido. Entiendo eso y entiendo su cita de Flaubert: “La estupidez consiste en querer sacar conclusiones”.

Y con eso y menos pelo, me meto en el metro y salgo del centro. La periferia no nos hará libres. La literatura, sí.


P.D.: El lunes, cuando este artículo ya estaba escrito, Amélie Nothombfue elegida académica de Lengua y Literatura francesa en Bélgica. Una crack.

dom

19

abr

2015

¿Por qué caníbales?

(Publicado en infoLibre el 11 de marzo de 2015)


Lo suyo, en esto de la opinión, es presentarse.

Y explicar por qué demonios escribes (o, más difícil todavía, por qué crees que tienes algo que contar). Éste es, pues, el porqué de “Caníbales”. Los porqués.

Porque me lo pidió un tipo al que no sé negarle nada. Y es que es un hombre que duda, habla en voz baja y siempre dice algo inteligente.


Porque –aunque la política se nos ha metido en casa y nos despierta por las noches con más frecuencia que las pesadillas de todas aquellas parejas que ya echamos de nuestras camas– este hombre bueno me dejó (y hasta me pidió) que no hablara de eso, sino de cultura, y de lo cotidiano. Dos conceptos que están mucho más mezclados de lo que parece, muchísimo más de lo que a algunos les gustaría.

–Pero saldrá política– le dije.

–Ya, pero no tanta.

–Eso espero, que no quiero líos.

Y me miró dudando. Dudando si decirme que yo misma soy un lío.

Es igual.

“Caníbales” porque volver a la opinión después de aquella experiencia extensa, intensa y casi suicida del blog que tuve en el diario El Paísimplica un riesgo que necesito.

“Caníbales” porque esa es mi conclusión después de estos dos años sin columna ni opinión: que nos devoramos los unos a los otros. Que somos omnívoros compulsivos y nos merendamos a cualquier hora todo lo que se nos pone por delante: compañeros de trabajo, noticias, tuitscelebrities y otros despojos. Y luego los vomitamos: los vomitamos, normalmente, en cabeza ajena, como antes poníamos mierda en el ventilador, pero más fuerte, más rápido, más gratuitamente.

Es lo que tiene el mundo de hoy, el de las redes, las marcas personales, los followers, los trolls, los emoticonos, los haters… El mundo de los ciudadanos.

Por eso caníbales.

Porque somos crueles y feroces.

Por eso y porque sí.

Y, dicho esto, podría hacer la típica columna sobre la dura vida del columnista que ha de llenar una columna, pero me parece mucho más útil recomendaros que veáis Deadwood, una serie sobre el salvaje oeste que es mucho más civilizada que nuestra vida virtual.

(el hombre que habla bajito sabe que consumo mucha cultura y me pide que la cuente, cultura omnívora, que no caníbal)


En Deadwood, reina Al Swarengen, un hombre con palabra y con cojones, como Scarface. Eso es lo bueno de Al, que es un hioputa, pero un hijo con códigos.

P.D.: puestos a recomendar, y a pesar de mi amigo D. y de esa avalancha de oscars, a mí me gusta BirdmanBirdman, su ritmo y su batería endiablada y veraz. De hecho, Birdman se devora a sí mismo, que es lo último en selfiesel autocanibalismo. Sin palo ni nada: él, su vida y un imparable instinto de autodestrucción; y, al otro lado, Iñárritu grabándolo todo.

jue

04

dic

2014

Mi lista (#regalalibros)

(La imagen es de aquí)

 

Odio el odio y odio las obligaciones. El catálogo de juguetes (por edades, y, sí, todavía, por sexos). Los Christmas. El decirle feliz navidad a gente a la que quieres (sólo) lejos. Las cenas de empresa. Las palmadas en los hombros. Los abrazos falsos. Las peladillas. Los villancicos. Todos los villancicos. Y, sí, también, esas listas de las revistas: regalos para ella (joyas, muebles, abrigos de piel); regalos para él (relojes, botas de esquí, plumíferos de millonario bobochic).

 

Aún así, por mis odios, o a pesar de ellos, voy a hacer una lista que sí me parece importante (en Navidad, en abril, en junio y hasta el 29 de febrero). Éstos son los libros que me han gustado este año: unisex y sin fecha de caducidad, y, por esas cosas de la industria cultural, reportan algo de beneficios al tipo (o tipa) talentoso que los escribió.

 

Van:

 

-       “Los surcos del azar”, Paco Roca. Astiberri. No sé si es cómic, tebeo o novela gráfica. Sólo sé que es una maravilla.

-       “El regreso de Titmuss”, John Mortimer. Libros del Asteroide. Pues… que qué bueno es el sentido del humor, la verdad. Ojo, que tiene antecedente: “Un paraíso inalcanzable” (en la misma editorial).

-       “Roth Unbound. A writer and his books”. Claudia Roth Pierpoint. Jonathan Cape. Perdón por la nota erudita: nada menos que una biografía en inglés de un escritor al que nunca (ya he perdido la esperanza) darán el premio Nobel. Por bestia en todos los sentidos. Bestial es su biografía y la forma de bucear en su trabajo.

-       “Canciones de amor y de lluvia”, Sergi Pámies. Anagrama. Pàmies es una debilidad que me enorgullece (no dejéis de leerlo los sábados en La Vanguardia: escribe, maravillosamente, sobre series). Sus relatos son necesarios.

-       “Aquí”, Wislawa Szymborska. Bartleby editores. Vale, sí, poesía. Porque lo valen estas líneas:

 

“Aquí se fabrican sillas y tristezas,
tijeras, violins, ternura, transistores,
diques, bromas, tazas.
(…)
La ignorancia tiene aquí mucho trabajo,
todo el tiempo cuenta, compara, mide,
saca de ello conclusiones y raíces cuadradas.”

 

-       “La impaciencia del corazón”, Stefan Zweig. Acantilado. Si sumas a Zweig, así, en general, y a Wes Anderson (que jura haberse inspirado en esta novela para rodar “Hotel Budapest”) el resultado es… imprescindible.

-       “Bark”, Lorrie Moore. Un libro que mola, así, sin más, y que no he encontrado traducido.

-       “Jacob’s Folly”, Rebecca Miller. Un libro con piel, y con alma, que me hizo muy feliz leer.

-        “Lejos de Ghana”, Taiye Selasi. Salamandra. Una lección de empatía.

-       “Una soledad demasiado ruidosa”, Bohumil Hrabal. Galaxia Gutemberg. Un libro difícil y valioso.

-    “Novela familiar”, John Lanchester. Anagrama. Un libro espectacular, absolutamente maravilloso. Escrito con ternura y compasión y, a la vez, con muchísimo rigor. Y, claro, ya de paso hay que leer “El puerto de los aromas” y “Capital”.

-       “The everything store”, Brad Stone. Little Brown. Para los clientes de Amazon, para las empresas que quieren tener clientes.

-       “Nobles y rebeldes”, Jessica Mitford. Libros del asteroide. Una delicia muy british, de humor y ternura. No conozco a nadie que no se haya enamorado de Jessica Mitford.

-       “Lo que Maisie sabía”, Henry James. En el siglo XIX nos dijo ya Henry James hasta qué punto íbamos a degradarnos al separarnos, con hijos.

-       “Los hijos”, Gay Talese. Alfaguara. Talese es dios (ahora, hay que disfrutar de la Historia, así, en mayúsculas).

-       “Hombres fuera de serie”, Brett Martin. Ariel. Lo mejor que he leído para entender la televisión hecha con talento (que la que se hace sin la entendemos todos).

-       “The rise and fall of great powers”, Tom Rachman. Este tipo escribió “Los imperfeccionistas” y retrató a todos los periódicos del mundo. Esta novela es una fábula, pero no quieres que acabe.

-       “Nos vemos allá arriba”, Pierre LAmaitre. Salamandra. Desde que leí “HHhH” devoro ficción sobre la guerra. Ésta merece mucho, pero mucho, la pena.

-       “Teatro 1989-2014”, Juan Mayorga. Ediciones La Uña Rota. Algunas obras son difíciles; otras sn exigentes y… perfectas.

-       “El devorador de calabazas”, Penelope Mortimer. Impedimenta.  Una maravilla de mujer, de novedad, de estilo.

-       “La última palabra”, Hanif Kureishi. Anagrama. Maravillosamente escrito, con humor y compasión, y, a la vez sin piedad.

-       “Felices los felices”, Yasmina Reza. Anagrama. Las parejas de Yasmina podrían ser las nuestras. Es perfecto. Y cruel.

-       “The children act”, Ian McEwan. Doubleday. Porque siempre hay que leer a McEwan.

-       “El silencio de las sirenas”, Adelaida García Morales. Anagrama. Doloroso.

-       “Te odio como nunca quise a nadie”, Luis Ramiro. Noviembre. Para empezar a leer poesía o para empezar a desquerer.

-       “El comité de la noche”, Belén Gopegui. Literatura Random House. Una maravilla de lenguaje.

-       “La dama de provincias prospera”, E.M. Delafield. Libros del Asteroide. Tremendamente divertido.

-       “El padre”, “La madre” y cualquier cosa que escriba Edward St. Aubyn en Literatura Random House. Porque lo hace con ironía y crudeza, y es como un ‘Retorno a Brideshead’ contemporáneo.

-       “El libro verde”, El Roto. Blackie Books. Porque es necesario.

 

 

P.D.: para repasar las listas de 2013, 2012 y 2011, pinchad en cada año. Que no caducan los libros.

 

 

mié

03

dic

2014

Grises (escala de)

Hoy he comido con un hombre que ha sentenciado: "hay dos tipos de personas, los que llevan camisa de manga corta con corbata, y los que no". Ayer estuve con otro que abría un abismo diferente: "los que devuelven los mensajes, los que no". Y me acabo de tomar una copa con un tercero: "los que leen, los que no". Y discrepo. De todo. De todos. Y es que el mundo está lleno de gente que discrimina los mensajes que devuelve, que lleva camisas de manga corta sin corbata, que lee algunos libros y otros no.

El mundo está lleno de grises. Uno de los colores más feos posibles, el único, casi, imprescindible. Lo digo con conocimiento de causa: porque mi padre corrió delante de unos grises y yo he estado muchos años corriendo detrás de otros. Mi padre delante de la poli, a por la democracia, hasta el infinito y más allá. Yo… yo detrás de una falta de dogmatismo que se me escapaba y que alcancé gracias, sí, al psicoanálisis y a la ficción. A eso y a un tipo al que mucha gente detesta y yo aprecio, un tipo al que yo le gustaba y al que no me atreví a gustar, un tipo que me dijo: "no seas dogmática". Y dejé de serlo. Con mucho esfuerzo y mucha dedicación, con muchas lecturas, mucha autocrítica y mucho entrenamiento: entrenamiento para apreciar lo que decían los demás. Que no siempre es válido, que no siempre entiendo, que no siempre me aporta. Pero… Llevo unas semanas metidas en la vida de los otros, las neuras de los otros, las miserias de los otros. Llevo unas semanas metidas en egos ajenos. Les oigo gritar (los egos nunca hablan bajito) y, en los descansos, hay espectadores que me miran con cierta envidia y me dicen cosas raras: que por qué no vivo de la cultura, yo que vendo libros, estreno obras de teatro y creo en la revolución. ¿Por qué? Pues porque no se puede, porque el mundo está súperpoblado de gente que pone el IVA al 21% para quienes, como ellos, nunca irán al cine no vaya a ser que les sirva de espejo y se descubran sus defectos.

Porque este país, el nuestro, está lleno de gente que se pone un precio muy alto antes de multiplicarse por cero.

 

P.D.: y, ya puestos, gracias a J.M. (un hombre nada gris que cree mucho en los grises) por invitarme hoy a escribir en su periódico y recordarme que tengo este blog.

vie

10

oct

2014

Poesía problemática

(Este es el último poemario que me regaló B. Su colofón es bestial: "Este libro se terminó de imprimir poco antes de que el Atleti jugara la final de Champions". No tiene nada que ver con mi poesía problemática, pero así lo promociono)
(Este es el último poemario que me regaló B. Su colofón es bestial: "Este libro se terminó de imprimir poco antes de que el Atleti jugara la final de Champions". No tiene nada que ver con mi poesía problemática, pero así lo promociono)

A veces los problemas son

como las broncas en los bares:

los resuelves si das el golpe

más rápido,

más fuerte,

más abajo.

 

A veces los problemas son

como las partidas de ajedrez:

los resuelves si piensas despacio,

y bien,

todas las opciones

(las tuyas, las suyas, las de nadie).

 

A veces los problemas son

pequeñitos e insistentes:

como esos mosquitos que se pasan toda,

toda,

la noche revoloteando cerca de tu oído

(o dentro de tu cabeza).

 

A veces los problemas son,

sólo,

las ganas de gritar,

y de salir a correr,

y de volver cuando ya no tengas fuerzas

para tener un problema.

 

A veces, los problemas son,

sólo,

gente que no tiene solución.

 

jue

09

oct

2014

La policía de las certezas (mientras R. duerme)

Mi amigo R. duerme sin pantallas. Como Arianna Huffington pero de otra manera, porque R. es persona y no gurú.

 

Mientras él duerme, las redes sociales son patrulladas por la policía de la moral, de lo políticamente correcto, de las certezas. Mientras él duerme, los tuiteros censores sueltan las cosas que se pueden decir y que ellos creen que se deben saber: yo, me, mí, conmigo.

 

Mientras él duerme y los autodenominados justos tuitean, yo velo el sueño de mis monstruos y mimo mi insomnio, alimentándolo de ficción y de empatía. Con libros, series, películas y mundos ajenos de los que aprendo todo lo que no sé, que es mucho y va creciendo.

 

Mientras él duerme, yo me acuesto tarde y con los ojos abiertos, escuchando a lo lejos los pasos de los autoproclamados guerrilleros del timeline: patrullan arriba y abajo, decidiendo lo que se debe decir y jalear, lo que hay callar, lo que hay que gritar.

 

Cuando amanece, y sin notar más sueño que ese agujero negro en que se han convertido mis noches, me asomo a los periódicos con chubasquero y botas de agua (no unas Hunter, no, que no soy Kate Moss de concierto: unas botas de goma, altas, impermeables), intentando resguardarme frente al chapapote de las noticias que salpican (negligencia, crueldad, corrupción) y las que no están (lo que no te cuentan, lo que no saben, lo que no les importa). Protegida (insuficientemente, como los enfermeros, como todos) contra las declaraciones de unos y de otros: "espera, apunta a ese alto cargo, que con su negligencia tapamos la nuestra". 



Y miles y miles y miles y miles de tuits.

 

Que sí, que no.

 

Es la cultura de lo efímero. Del chascarrillo. Del grito. Es la cultura de la incultura.

 

Y, entre el barro y la miseria, aparece la luz de alguien como Leila (que escribió esto) y lo tuiteo. Luz en medio de la oscuridad. Lo tuiteo, a ver si alguien se ilumina y encuentra un poco de oxígeno, de paz, de esperanza.

 

Lo tuiteo y en dos segundos recibo dos mensajes del turno de la mañana de la policía social: "ojo, no lo llames oscuridad que te metes en un lío".

 

- ¿Cómo existe la luz sin oscuridad?- le pregunto al patrullero.

- Yo sólo te aviso- me avisa.

- ¿Y por qué no patrullas contra los incontinentes verbales, contra los exhibicionistas, contra los mentirosos, contra los pelotas?

- Ey, no te pases, que lo hago por tu bien.

- ¿Cuál es mi bien? ¿Tuitear lo correcto? ¿Tener más seguidores? ¿Dejarme llevar por la corriente del timeline?

No sé, pregúntalo en Twitter. Yo sólo te aviso, ya sabes, por tu bien.



Y dejamos el cruce de mensajes madrugador y deprimente. Todo por DM (el nuevo SMS de los que tienen iPad y uniforme social).

 

Desayuno, me visto, intento olvidar lo que he leído en los medios. Y encuentro una salida. Creo que voy a hacer como R. pero al revés: no dejaré las pantallas fuera del dormitorio, sino fuera de mi vida. No me interesa la policía social, ni los seguidores, ni la cantidad.

 

A mí me interesan la calidad, la bondad, la gente. Y salgo así de casa, con el insomnio en la cartera y el corazón en un puño, a afrontar esta ciudad tenebrosa en la que vivimos todos, amedrentados, enfadados, rabiosos y con razón.

 

Cierro twitter y pongo en marcha la bici.

 

Suena el móvil.

 

Es el patrullero de lo social, que me lo quiere volver a explicar: "ten cuidado con lo que tuiteas, no vaya a ser que no te sigan".

 

Y le digo que sí, pero...

 

- Ten tú cuidado con lo que eres, no vaya a ser que lo sigas siendo.

 

P.D.: un regalillo para los que buscan luz, para los que son luz. Este texto de Leila. Imprescindible. "Equivóquense. Sean tozudos. Créanse geniales. Después aprendan".

sáb

12

jul

2014

Brokers

Era un miércoles cualquiera. O sea, un miércoles atropellado, y casi no llegamos.

 

A veces, cuando llevas unas semanas sin ir al teatro, se te olvida que el arte lo cura todo. Y yo pensaba en que tanta angustia era un poco gratuita, porque iba en un coche a toda prisa, haciendo llamadas de trabajo que no podían esperar pero eran perfectamente prescindibles, y corría por la calle, y ya habia visto la obra, y quizá sería mejor sumergir la cabeza en una copa y el móvil ahogarlo en hielo, y...

 

Y se me olvidaba que no nos habían invitado a cualquier obra, sino a Brokers, de Yllana.

 

Se me olvidaba que era un microclima de risas, y crítica, y más risas, y un poco de esperanza. Se me olvidaba que entras en el Alfil y todo el ruido se queda fuera.

 

Llegamos tarde y nos tuvieron que hacer un hueco incómodo e improvisado. Nos dio igual. El asiento no existe porque en el Alfil, lleno hasta arriba, levitas entregado a cuatro actores inmensos que -a carcajadas- te hacen tragar el veneno de la realidad.

 

Salgo siempre de Brokers llorando de risa y la certeza de que el mundo va a cambiar porque a nosotros no van a cambiarnos. Y a los de Yllana, menos.

 

Vuelven a Madrid en septiembre. Yo voy.

 

P.D.: Txema me pasó al día siguiente una de las canciones de la banda sonora, de Murray Head: http://youtu.be/Hc_rMiTxizg, y hasta su versión de Tahúres Zurdos: http://youtu.be/bpQ5iGkqPUY

 

P.D.2: mi hija ha estado brujuleando en algunas de las producciones infantiles de Yllana. Íbamos a ir hoy, pero... la representan en Sudáfrica. Nada menos. Yllana es patrimonio cultural de la humanidad.

 

P.D.3: No está Brokers, pero el Alfil no cierra este verano. Y, mientras llega la hora de la función, recomiendo "Nobles y rebeldes", un libro lleno de humor, compromiso y ternura.

 

 

vie

20

jun

2014

Perdidas

Gillian Flynn

Hace tiempo leí en The Guardian que a Gillian Flynn la acusaban de misógina. Nada menos. Rebobino: Gillian Flynn es la autora de tres novelas, siendo la tercera, "Perdida", un auténtico bestseller que va más allá del género y retrata el lado oscuro de un matrimonio.

 

¿Cualquier matrimonio? Sí, casi. Porque la virtud de Flynn es que conoce muy bien al ser humano, con todas sus miserias, y lo ve con compasión auténtica, no con pena, ni con moral, sino con comprensión, humor, empatía. Entiende que a veces somos todos (hombres y mujeres) unos auténticos capullos y otras, casi peores, unos peleles.

 

Hace muchas semanas, mientras intentaba escalar un montón de basura, leí su novela anterior, "Dark Places". Las mujeres son retorcidas, imperfectas, humanas. Lo que no son es madres ideales, esposas complacientes, trabajadoras dóciles. Lo que no son es bobas.

 

Y, eso sí, la narradora, omnisciente y todo, es masculina, sarcástica y cruda. ¿Por qué? Porque las mujeres somos como nos da la gana. Pero no: a Claire Messud también le preguntaron si sería amiga de Nora, la protagonista de su última novela, porque al entrevistador no le gustaba nada. Si una autora no puede hacer que su protagonista sea una auténtica cabrona, no puede retratar el mundo (un mundo lleno de gente buena, de gente egoísta, de gente perversa). 

 

Hoy, y no tiene casi nada que ver, he leído un texto de Zadie Smith en el que habla de la auténtica recompensa de escribir: que un lector te diga que has sabido contar lo que sentía. Pero la recompensa real es la de leer: entender el mundo, entender a los otros. Lo he leído en un día lleno de bastos (reyes de...). Lo he leído de una mujer en un mes en el que el mi gran descubrimiento ha sido la novela de un hombre: "Novela familiar", de John Lanchester.

 

Lo he leido, sobre todo, en una época de ferias del libro y encuentros con los lectores. Y eso es lo que hay que hacer, seguir leyendo, seguir escribiendo, seguir contando. Que no nos cuelen cuentos de hadas cuando lo que nos interesa es la realidad y/o la novela (puestos a leer, leed hoy a Millás).

 

P.D.: en las empresas se habla mucho de las diferencias entre hombres y mujeres: son conversaciones de pasillo, de comedor, de café. Son teorías poco prácticas. En la crítica literaria, pasa igual. En la vida... en la vida las mujeres somos imparables, aunque nos paren: algunos nos quieren perdidas, ya nos encontraremos.